Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«¡Un alma! ¡Si parece mentira! ¿Qué podría hacer yo en adelante, vida mía, para agradecerte ese Paraíso?»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Para un amigo, compañero en la prensa, que veía las estrellas también de día

En homenaje al fallecido amigo de Lolo, Alejandro Fernández Pombo, compartimos con todos vosotros el prólogo que escribió para el libro que la asociación Amigos de Lolo publicamos recopilando "41 artículos de prensa de Manuel Lozano Garrido 'Siervo de Dios".

PARA UN AMIGO COMPAÑERO EN LA PRENSA,
QUE VEÍA LAS ESTRELLAS TAMBIÉN DE DÍA

«La vocación está bien clara desde los quince años, y aún escribí mis primeros artículos a los diecinueve, pero sólo a los veinticuatro, dos después del comienzo de la enfermedad, sentí la enorme comezón de la pluma…».

«Escribo porque existo y la palabra es mi manifestación de vida».

(Manuel Lozano Garrido, en la introducción de «Las estrellas se ven de noche», su último libro).

«Cuidado, mucho cuidado con las palabras pomposas», dice Manuel Lozano Garrido en uno de los artículos que figuran en este libro. Se advertía a si mismo Lolo para no caer en esa tentación, que siempre nos rodea a los periodistas, de sacar del quicio de la normalidad el relato de lo ocurrido. Y hoy quiero decírmelas yo también a mí mismo, como una de las tantas lecciones que nos dio en todo y por supuesto en el arte de escribir. Me da miedo que se me escape el entusiasmo y me desborden los recuerdos de su ejemplo y de su afecto. Si es así, suplico perdón en razón de las circunstancias. Escribir el prólogo de un libro de Lolo cuando ya están en Roma los papeles para reconocerle una santidad de la que estamos convencidos todos los que le conocimos, es un honor y a la vez una responsabilidad tremenda. Por todo eso, «cuidado, mucho cuidado con las palabras pomposas». Ya con sujetarse a la realidad es bastante.

De los cuarenta y un textos que el lector tiene entre las manos, aparte de los cuatro cuya fecha no ha sido posible encontrar, solo hay uno de 1940 (promesa veinteañera de un muchacho que todavía quería ser peregrino, incluso físicamente) y otro de 1971 (cuando ya la muerte tantas veces anunciada está a punto de visitarle); los restantes son veintiséis correspondientes a los años cincuenta y nue­ve del principio de los sesenta.

Si hago esta clasificación temporal no es por una mera ordenación cronológica, que está al alcance de quien leyere sino para subrayar el significado del tiempo en que estos escritos. Todos los santos suelen ser reflejo -o a veces respuesta- de su época; todos los Buenos periodistas escriben sin olvidarse un instante del día en que viven. Lolo, santo en trámite de ser proclamado oficialmente como tal, periodista de talla, ejemplar en las coordenadas en que ejerce su periodismo, no podría ni querría escapar de esos condicionamientos temporales y escribe siempre en función de las circunstancias que le rodean, aunque tratando de ocultar su «yo» en otra máxima lección de objetividad profesional.

Ni en los momentos de mayor dolor se olvida del día en que está y del mundo en que vive, y una muestra de ello es que sigue el calendario con fervor litúrgico. Pero también con rigor folklórico y respeto costumbrista, como aquel trozo de uno de sus diarios en el que al llegar al 2 de noviembre, día de los difuntos, en que va pasando, como avergonzado de haber hablado de ello, de la consideración de sus propios padecimientos, que debían de ser atroces en aquel momento, a una especie de himno de los que le ayudan, le rodean y animan, hasta llegar a la gloria del «no estoy solo» que es un abrazo a todos los demás.

Sin embargo el amigo y compañero de Lolo convertido ahora en prologuista piensa que está obligado a referirse a ese tiempo que rodeaba a Lolo, pero que también era parte de Lolo.

Hace tiempo que estoy dedicando una especial atención -memorialista, más que historicista- a los años cincuenta por lo que tienen de decisivos en la sociedad española (en parte, pero no siempre como reflejo de lo que pasaba por el mundo). Se ha hablado mucho, y posiblemente con razón, a favor de los sesenta a los que se ha llegado a denominar “la década prodigiosa” por antonomasia, aunque no lo fue del todo en España, y en todo caso lo mejor de aquel decenio fue gracias a los dos lustros anteriores, verdaderamente innovadores. Pero no se trata tampoco de comparar,  aunque sí de recordar que los españoles cruzamos (aunque entonces no nos dábamos cuenta) el ecuador del franquismo, o lo que es lo mismo el final práctico de la posguerra para empezar a pensar en la transición y barruntar lo que podría venir después, sea libertad, sea mayor bienestar, sea estar presentes en el exterior o sea acercarse más unos a otros, aunque nunca lo suficiente.

Y no sólo para España sino para toda la catolicidad, y hasta, yo creo, para todo el mundo, en los cincuenta, ya en su final, nos llegó, renovado y desconcertante, Juan XXIII (al que, sin saberlo, estábamos esperando) y con él el anuncio del Concilio que luego como tantas otras cosas tendría su desarrollo en los sesenta.

Algo así ocurrió también en la vida de Lolo. En los arios cincuenta Lolo, ya un enfermo que no podía ejercer su imposible magisterio que quedaría sin estrenar, aunque todavía luchaba contra su enfermedad, sus enfermedades -¡aquellos viajes a los médicos de Madrid!-, pero notando que el negro pájaro del desahucio volaba cada vez más cerca de su cabeza. Viaja a Lourdes y no vuelve curado, pero si lleno de afanes y propósitos, místico del dolor y arrebatado por el deseo de comunicar sus experiencias y sus deseos a los demás. Al final del decenio de los cincuenta que ya han sido pródigos en un periodismo del que aquí hay una pequeña muestra, «paralelamente a la creatividad literaria, la enfermedad irá adquiriendo tonos cada vez más alarmantes», dice su biógrafo en acertada observación. Pero es que además de lo mucho que escribe en los periódicos se van fraguando sus libros. Y esos frutos de los cincuenta maduran en los sesenta; nada menos que diez libros se publican en la década derrochando alegría, amor, sabiduría y bondad, pero sobre todo empapándonos a todos de esperanza; lo hace con prisas, como si supiera que ya llegaba su hora, como acontecería, precisamente, al comienzo de la década siguiente, en el otoño de 1971, poco después de haber escrito para su último libro, («un texto con sabor a despedida queda suelto en la cuartilla, junto a las pastillas y los analgésicos», dice Juan Rubio) un canto a la primavera como símbolo precisa­mente de la esperanza.

Permitidme reproducir aquí, una vez más, aquel párrafo maravillosamente sintético de José María Pérez Lozano, su gran amigo, nuestro gran amigo, que cuenta que Lolo empezó a hacer su periodismo y su literatura «sentado en su sillón de ruedas; cuando se le secó la mano derecha, aprendió a escribir con la izquierda. Cuando se le caía el bolígrafo, se lo sujetaba con una goma. Cuando le costaba trabajo escribir, lo hacía con signos taquigráficos. Cuando no pudo escribir aprendió a dictar. Cuando se quedó ciego, se llenó de luces interiores».

Pero volvamos a su obra en la prensa aquí recogida, a estos artículos, reporta­jes, crónicas, entrevistas que descubren un asombroso periodismo en que, siendo ante todo y como debe ser, informativo, lo era también, sin palabras pomposas - «cuidado con ellas»- de opinión.

Estos trabajos aparecen, primero desde una tribuna muy especial, a la que quizá no lleguen los Pulitzer y otros grandes premios de renombre, pero que los profesionales bien sabemos que es tan difícil como importante: el periodismo local y provincial; luego, desde otros medios que querían ser ya de información general -es decir que hablasen de todo- pero siempre desde los criterios cristianos que fueron norma y razón de toda la obra de Manuel Lozano Garrido.

Los artículos publicados en «Linares», en «Cruzada», en «Úbeda», artículos en los que habla de la inédita historia de su pueblo y de quien fue capaz de desentrañarla, del urbanismo linarense y de sus atentados, de los hombres -algunos de talla universal como Zabaleta- que forman parte de la vida cultural de la comar­ca, son un ejemplo, excepcional por su categoría, del periodismo que se hace en muchos pueblos y pequeñas ciudades de España y debería hacerse en todos, porque es esta la primera y mejor manera de conocernos y de amar al prójimo y a nosotros mismos, sabiendo porqué.

El salto inmediato o simultáneo, como en este caso, es la presencia en la prensa provincial a la que con gusto llamaríamos provinciana si no fuera porque nos hemos empeñado en dar un sentido peyorativo a esta palabra. Ahora que se nos llena la boca hablando de las comunidades autonómicas, caemos en el pecado de olvidar lo que ha supuesto en el desarrollo de España y de los españoles de los dos últimos siglos la amorosa organización administrativa que nos colocó -yo no diría nunca que nos dividió- en medio centenar de provincias dándonos la oportunidad de encontrar el interés, el estilo y la unión de eso que se llama la Patria Chica y que va mas allá de la aldea y aproxima a la Patria Grande. Lozano Garrido tenía esa conciencia provincial y a un periódico precisamente con el nombre de su provincia, «Jaén» empezó a enviar los temas que él, con su fino sentido, sabía que tenían un interés que transcendía del puro ámbito local.

Después vendría ya otro salto. Parece hiriente hablar de salto, aunque sea metafórico, cuando estamos refiriéndonos a un hombre agarrotado y sujeto a una silla de ruedas, al que ni siquiera esas ruedas sustitutorias de sus piernas pueden llevarle muy lejos; pero quien conozca de lejos o de cerca la trayectoria vital de Lolo está convencido de que no sólo saltaba, sino que volaba. (Y seguro que muchos de sus lectores que sólo sabían de él su nombre, Manuel Lozano Garrido, sonoro como un verso, creerían efectivamente que era uno de esos periodistas inquietos que van del automóvil al avión, sin parar, en busca de realidades, aventu­ras y descubrimientos). Este salto al que me refiero ahora es el de su presencia en la prensa de Madrid: «Signo», «Pax» que acabaría siendo «Vida Nueva», la agencia Prensa Asociada, luego «Ya»...

En Madrid no solo se reciben con alegría sus artículos, sus reportajes o sus cuentos, sino que se le piden las colaboraciones y, a veces, se le urgen. Y el trata de atender esas peticiones sin olvidar sus compromisos, sin abandonar sus libros, sin interrumpir su correspondencia tan cordial, tan sabia y tan emocionante, que hoy, recuperada en parte, llena carpetas y carpetas o se almacena en tomos en los despachos romanos donde se estudia la verdad de los santos. Quien escribe estas líneas tuvo el privilegio de recibir una parte pequeña de esa correspondencia que es un tesoro para mí, en la que me habla de originales que me va a enviar, que propone o sugiere, para los medios en los que yo tenía en aquellos años alguna responsabilidad, otras veces con conmovedora humildad se disculpa o ruega perdón por el retraso en el despacho de algún artículo pedido, cuando todos sabíamos de sus enormes limitaciones físicas.

Desde su lejanía y desde sus dolores, como si estuviese en la mesa de redacción o viajando por el mundo, Lolo habla un día (y muchos días) de la silicosis que mata en cinco años, y otro día del tesón de un hombre de Porcuna que se hizo solo su casa de piedra, y de los hombres del tiempo, institución característica de nuestro tiempo que como tantas cosas nos había traído la televisión que el oía y no veía, y dialoga con Fany la joven poeta, y con Victor de los Ríos el gran escultor, y con el querido Padre Javierre que no olvidará nunca aquella entrevista como yo le he oído decir... Siempre que escribe da noticia de lo que el lector no sabe, que eso es el periodismo, pero además, envía un mensaje para el alma, porque, lo mismo que en sus libros, lo mismo que en su cartas que siempre llevan la señal de la cruz, su trabajo periodístico fue permanentemente una mesa redonda con Dios, con ese Dios que para él hablaba todos los días, y todos sus reportajes fueron escritos desde la cumbre.

La verdad es que Lolo lo hacía todo excelentemente, y encima como si no le doliese nada, como si la silla de ruedas fuese una motocicleta, como si tuviese una vista de lince, como si se moviese por la redacción de un gran periódico teniendo a su disposición un gran archivo... Y no es que yo lo diga, es que lo van a decir ustedes en cuanto lean el libro. Tan es así que yo, aunque sea un poco tarde, tendré que citar a otro gran amigo de Lolo, y también amigo mío, que hace poco hemos perdido, Francisco Martín Abril. Le encargaron, atinadamente, el prólogo del libro póstumo de Lolo. «Las estrellas se ven de noche», y Martín Abril aceptó, pero escribió esto: «En libros como éste sobra el prólogo». Con más razón aunque sea ya digo un poco tarde, eso mismo pienso yo. Quizá lo único de provecho de este prólogo es el que yo he tenido al dedicar unas horas a recordar al amigo querido, maestro de tantas cosas que -hace ya tantos y tan pocos años- se fue a escribir en el cielo su definitivo diario.

Alejandro Fernández Pombo
Ex director de Signo
Semanario de la J. A. C. E.

Asociación Amigos de Lolo, 22/07/2013