Porque en Lolo, para concluir, hay que decir que se desarrolló, día a día, su amor a la Iglesia al compás del caminar de los días en que la Iglesia “estaba en Concilio”. ¡Con qué avidez “leía” ya ciego oyendo las crónicas y las reflexiones de los Padres y de los teólogos del Vaticano II y con qué profundidad penetró en el espíritu conciliar!