


Este Lolo, joven, apostólicamente comprometido en época de hostilidad e incluso de persecución religiosa, recorre pueblos como propagandista de la Acción Católica; no duda en lanzarse a evangelizar desde la radio; se enamora de Cristo y le dice: “Un préstamo: déjame tu corazón... no para el egoísmo de realizarlo todo fácil y sin esfuerzo, sino para hacer bueno ese deber que es amarte a tu medida”, como dice en “Las golondrinas nunca saben la hora”, otro de sus libros.
Este Lolo, inquieto y andariego, recibe la visita del dolor: “Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante, con una plenitud que nunca pudiera soñar”. Así escribe en “Cartas con la señal de la Cruz”.