Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
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«Ni la alegría ni la felicidad valen con cuentagotas»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Cartas con la Señal de la Cruz

Hoy, 6 de mayo, se celebra la PASCUA DEL ENFERMO. Queremos CELEBRARLO compartiendo, con todos vosotros, este precioso artículo de nuestro querido beato Lolo, que fue bellamente ilustrado por el pintor Francisco Baños, gran amigo personal de Lolo.

Manuel Lozano Garrido
Sinaí, nº 50-51 de agosto 1965

EL MÉDICO QUE HIZO UNA PROFECÍA…

C.F. (Cáceres)… Quiero contarte algo que ha tenido una influencia esencial a lo largo de mi vida, especialmente durante los últimos años. Tú sabes que yo estoy enferma desde la niñez, casi cuando apenas contaba siete años. Mi infancia está llena de imágenes de medicamentos y batas blancas. Me acuerdo vagamente yendo de clínica en clínica, con mis lentos pasos de cojita. Al cumplir los quince, hubo que plantear seriamente mi futuro, intensificando las visitas al especialista. Si te digo la verdad, la ilusión de mi juventud tenía fuerza para sobrepasar todas las preocupaciones. Estudiaba, salía, paseaba, amortiguando con mi alegría el progreso de la enfermedad. Una tarde, al regresar, oí que mi madre hablaba profundamente apenada con otra persona. Su congoja era tan fuerte que la curiosidad me hizo acercarme de puntillas hasta situarme detrás de la puerta, desde donde seguí palabra a palabra toda su sincera y emocionada confesión. Quien más hablaba era mi madre, a quien el llanto le ahogaba con frecuencia las palabras. Escondida detrás de la cortina, supe entonces el origen de su angustia. Hablaban de mí y del dictamen definitivo del médico. Hubo un momento en que apenas entendía por los sollozos, pero de pronto la voz se hizo enérgica y las palabras de mi madre se enredaron en mi corazón como una sentencia.

Decía: No, no tiene solución. Es algo horrible, que no tengo fuerzas para repetir. Lo peor, con todo, no es que haya de vivir así, sino el hecho de que su enfermedad ha de avanzar de un modo implacable y su muerte, según el médico, tiene que ser de lo más terrible y angustioso que se conoce. A su padre, que es hombre, lo llamó el doctor aparte y le dijo: “Es algo terrible. Se lo daría a leer en un libro de medicina y habrían de ponérsele los cabellos de punta”.
Desde entonces, mi mal avanza y yo procuro vivir mi enfermedad con un alto sentido de aceptación, con amor, con alegría y, en todo lo posible, con esperanza, pero no puedo evitar aquella negra profecía de mi muerte y un tremendo escalofrío me recorre el cuerpo pensando en la prueba definitiva.

Lo que me preocupa precisamente es el tamaño de la tentación final y lo limitadas que noto mis fuerzas. ¿Se cumplirá todo aquello?, ¿podré aguantarlo yo, una criatura que se debilita por momentos? Dime algo, pero háblame con franqueza, aunque duela, que tu verdad no puede ser más dolorosa que la propia realidad de mi destino…

…Y EL SECRETO DE LA MANO QUE LAS ESCRIBE

… -Para tu deseo de franqueza, ¿te merece crédito la verdad de mi caso?

Tú eres joven y, en cambio, mis sienes ya empiezan a salpicarse de blanco. Yo también un día supe lo que es pasear por las alamedas las tardes de domingo, entrar en las aulas, sacar la entrada del cine, ponerme el traje de fiesta, apurar una botella de refresco o caminar junto a una chica.

Veintidós años tenía cuando, al pasear, empecé a ver mis andares cojeantes en las lunas de los escaparates. Ningún médico, es verdad, me habló de un mal inexorable, pero un día me pusieron en el tren, camino del pueblo, y en la cartera llevaba un billete sin regreso. De entonces a hoy, veintitrés años. Mis pies no se han vuelto a posar sobre unos adoquines. Mis manos no tienen fuerza para mantener en vilo un vaso de agua, un libro o un lápiz de madera. Miro detrás de los cristales y ya mis ojos no distinguen ni el color rosado del crepúsculo. Desde mi cuarto oigo el claxon de los automóviles, los gritos de los vendedores y los altavoces parlantes, pero jamás podré hacer como esos hombres que ven luminosos de colores, compran cacahuetes en los puestos callejeros y marchan el sábado a pasar el fin de semana en el campo.

Si mi corazón mira de frente, te aseguro que el cielo es como una de esas tardes de septiembre, densamente anubarradas, que estallan al atardecer y sacan chispas a la punta de los pararrayos. De correr por las calles, jugar al futbol y escalar una montaña pasé a sentarme en una butaca y ahora el mal se circunscribe a mis costillas como un duro corsé de hierro.

Uno, dos, tres años -¿Quién lo sabe?- , él aprieta a cada hora un punto más su áspero torniquete y yo me digo que toda mi naturaleza puede hacer un día «chac», y acabarse todo, como los globitos de colores, pero ¡qué largo, qué duro, qué acongojante y qué trágico ese estallido de mi hora final!

En realidad, si no miento, no me lo pregunto ya; y ¿sabes por qué?

Ilustración de Francisco Baños para Cartas con la señal de la Cruz

Porque veintitrés años tienen muchas lluvias de rosas de Dios para pensar en lo melodramático y en la desesperación. La noche viene al fin de cada fecha, pero todas las criaturas tenemos también nuestras doce horas de luz. Yo sé lo que es querer acariciar una fuente o intentar llevarse un pedazo de pan a la boca y no poder porque se sienten en la muñeca los latigazos de lo imposible; yo sé lo que es no poder besar a un hermano, fumarse un pitillo o acariciar un paisaje.

-¡Oh, los paisajes, con sus luces de colores, el murmullo de las fuentes y las cimas encaperuzadas de violeta!- ... pero te digo que también he aprendido a ver bajo las mías las dos enormes y maravillosas manos de Dios que trenzan mágicamente el hilo de nuestra vida como la superficie de un manto maravilloso.

Solo ocurre lo que Dios ha escrito con sus propios dedos y Dios nunca moja su pluma en ponzoña, ni su mano escribe con trazos de analfabeto. Pone «destino», «mal», «muerte»; y lo que quiere decir es «predestinación», «gloria», «hijo», «amor».

Él tiene tu suerte echada y, sinceridad por sinceridad, a lo mejor cuenta aquello de la tarde de tu madre. Puede que pase, aunque la ciencia es tan limitada y veleidosa que, afortunadamente, tampoco te lo garantizo; pero pasará y no pasará, porque Dios estará en aquella situación y el Dios que notarás entonces es el Padre, el de los pájaros y las flores del campo, el de los milagros de amor, el que salía cada tarde por el borde de las carreteras para esperar al hijo que había de venir malbaratado y deshecho.

Dios está sobre nosotros a cada hora, con sus dulces y enormes ojos relampagueando de mansedumbre y Dios, sobre todo, está en la hora de tu muerte, esperando detrás de la puerta de tu cuarto que será para Él como un papelito de fumar, milagreando tu congoja, estirando emocionalmente su mano para tomar la tuya y echar a correr por el aire, como un padre que va a por su hijo a la salida de la escuela y saltan los dos, porque a la tarde es sábado y han de pasarlo bien también al día siguiente.

El porvenir no es tuyo ni de los médicos, sino de Dios. A ti solo te toca la hora por la que pasas. Vívela con ilusión y fecundízala intensamente. Cárgala de esperanza, siémbrala de amor, que también la muerte es noble y ha de adornarse con las flores de tu primavera.
Te lo digo como lo siento, tan lealmente como lo he palpado, como lo he vivido. Aquí tienes mi mano, con mi palabra de honor ¿Me crees?

Beato Manuel Lozano Garrido, 06/05/2018