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El Concilio Vaticano II, historia pequeña del día a día en el aula conciliar

Las cocinas del Vaticano II

(Extracto de la introducción del libro "Concilio Vaticano II:
Historia pequeña del día a día en el aula conciliar")

En un primer momento pensé si sería una irreverencia decir esa frase. Pero no; todo lo contrario. Muchas veces en el Evangelio y en el A.T. cuando se habla del “futuro”, del Reino de Dios, se le compara con un banquete, de vinos generosos, de manjares suculentos (Is. 25,6). Un banquete, cuanto mejor sea, necesita tanto más de una bodega escogida y de una cocina esmerada.

Para el Vaticano II esa bodega escogida estaba en la oración: Juan XXIII en la Constitución «Humanae salutis», del 25 diciembre 1961, con que convocaba al Concilio decía:...rogamos a cada uno de los fieles y a todo el pueblo de Dios... pidan a Dios que favorezca benignamente tan magno y ya eminente acontecimiento...; luego, de modo muy especial, lo pedía al clero, a los niños y a los enfermos y dolientes.

¿Y las cocinas de este banquete? En los primeros días de ir yo hojeando las primeras Actas del Vaticano II, repasaba con cuidado las elecciones de los Obispos para formar las comisiones conciliares. Pienso que ellas fueron realmente la suficiente y exquisita intendencia.

Martín Descalzo, en su crónica del 12 octubre 1962, al día siguiente de comenzar el Concilio: Toda la preparación había quedado recogida en 70 esquemas para su estudio en el Concilio; esos 70 temas se habían “fabricado” y distribuido entre 10 Comisiones y 2 Secretariados; los Secretariados eran el primero «para la unidad de los cristianos», y el segundo «para los MMCCSS». Estos 12 órganos venían trabajando meses y meses antes del Concilio.

"Rogamos a cada uno de los fieles y a todo el pueblo de Dios... pidan a Dios que favorezca benignamente tan magno y ya eminente acontecimiento" (SS. Juan XXIII)

Con estos datos apuntados no es extraño que surgiera la primera gran sorpresa conciliar. El 13 de octubre se celebraba la primera sesión de trabajo del Concilio. Debía comenzarse con la votación de 160 nombres por aquellos 2.550 (¡!). Pero aquella sesión duró sólo 15 minutos (¿?). Cada Comisión estaría formada por 16 elegidos por el Concilio en pleno; más otros 8 miembros (posteriormente serán nueve, para que no hubiera empates en las votaciones de cada Comisión) nombrados por el Papa. Juan XXIII dio una lección de «colegialidad» episcopal, cuando todavía ni se había estudiado esa cuestión en el Concilio. De entre los que él había de elegir, escogió para cada Comisión a los tres Padres que habían obtenido mayor número de votos a continuación de los 16 elegidos, o sea quienes habían quedado en los puestos 17, 18, y 19; él deseaba respetar profundamente las decisiones de la asamblea conciliar y ese gesto suyo era muy elocuente.

El papel de las Comisiones y su trabajo era realmente de capital importancia; sobre la base de los borradores que se presentaban a los Padres, trabajados en las Comisiones de la etapa preparatoria, se hará una primera valoración. Tal borrador de cada esquema, una vez discutido en sus líneas generales, podía ser rechazado en su totalidad y la correspondiente Comisión conciliar se encargaba de redactar otro nuevo, incorporando las líneas apuntadas en las diversas intervenciones valorativas. O, en caso de ser admitido tal borrador, comenzaba el estudio minucioso, capítulo por capítulo y párrafo por párrafo; la comisión estudiaba todas las aportaciones, correcciones o sugerencias, incluyendo o no las correspondientes enmiendas, pero siempre razonando el por qué de la admisión o rechazo, para volver a votar en el Pleno cada una de esas correcciones.

Este estudio tan en detalle, tan intenso, de las Comisiones y de los peritos de cada una de ellas fueron realmente «las cocinas» del Vaticano II.

"Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación" (2 Cor. 6,2)

En todas las Comisiones había algún obispo español; pero analizar esta presencia o las intervenciones del episcopado español en el aula conciliar supera los límites de estas notas.

Martín Descalzo publicó al concluir el Concilio, en cuatro libros, las crónicas de cada una de las cuatro etapas conciliares. En esa edición pulió la jugosidad “contemporánea” que tiene la prensa fresca de cada día. En el prólogo del primero de estos volúmenes dice: Este libro nace de una tristeza: La de quien, al llegar entusiasmado del Concilio, se encuentra un clima católico que ha vivido en una dulce indiferencia aquello que uno había juzgado entusiasmante.

Ahora se cumplen 50 años del Vaticano II. Sus ecos durante este medio siglo no se han apagado, aunque tampoco han resonado con la fuerte vibración que necesitaban. Ahora se nos da esta oportunidad de re-leer el Concilio, sus documentos, sus frutos, como son el Catecismo de la Iglesia Católica.

Dicho en una palabra: Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación (2 Cor. 6,2). Ahora es el tiempo del HOY de Dios, el tiempo del HOY de la Iglesia santa, nuestra Madre en la fe, y Esposa de Jesucristo.

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