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D. Federico Ramírez y su inédita historia de Linares

Manuel Lozano Garrido
Revista “LINARES” nº 39; septiembre 1954

Aunque en silencio, por humilde imposición familiar, se ha tributado últimamente, a raíz de la rotulación de nuestras calles y plazas, parte del homenaje que se debía a un hijo preclaro de la ciudad, el ilustre y fallecido historiador señor Ramírez. Sobre la fachada de la casa, y en la calle, en que se desarrolló la obra del polifacético escritor, lucen al fin, por decisión corporativa, sendas placas que certifican los muros bajo los que alentó la vida hogareña de un cristiano hombre de letras, y el nombre que, para edificación de generaciones, se ha querido dar a la ruta urbana que tantas veces anduviera la sabia y menuda silueta de D. Federico. Se da aquí, aparte la reparación de una negligencia, la feliz coincidencia de suprimir un nombre anodino, sin contenido actual –“Los Alamos”-, que no impera siempre en esta clase de mutaciones, en las que suele abundar el desaguisado.

Con su erudita veracidad informativa, D. Federico supo aclarar en su momento la génesis y la trayectoria secular de Linares, aún viviendo el calvario que para el estudioso supone la ausencia de fuentes directas de conocimiento, Día a día, el historiador iba recopilando, con paciencia benedictina, leyendas, tradiciones y documentos de difícil hallazgo, que sometía después al finísimo tamiz de la comprobación personal. Su esfuerzo se patentiza si se tiene en cuenta que llegó a redactar una historia muy completa de Linares, sin contar con ningún precedente y hasta haciendo gala de una riqueza documental de la que distaban los archivos locales.

Paralelo a la búsqueda de testimonios y al diseño de su historia, este hombre de insobornable vocación pensativa fue remozando las manifestaciones declinantes de nuestro folklore, con un entusiasmo que recuerda el posterior de Cazabán Laguna desde “D. Lope de Sosa”, y dio rienda suelta a un afán creador que le facultaba especialmente para la composición musical y la construcción literaria. Citemos, al caso, la rehabilitación de nuestras tradiciones de Semana Santa, hoy, por desgracia, tergiversadas, y su copiosa antología de saetas. También, sus finísimos cuentos, diálogos y diversas comedias.

Punto aparte merece su acervo musical, en su mayor parte, como lo anterior, de difícil catalogación, por desconocido. Podemos dar fe de una inspiradísima colección de villancicos originales, sólo ejecutados en veladas íntimas, que poseen una fresca y jugosa línea melódica muy grata al oído. Sabemos también de un “Miserere” muy popular, a varias voces, que en distintas ocasiones le fue solicitado para interpretarlo en la Catedral, Hospital y Santa María durante la conmemoración pasional, pero no accedió, de tonadas múltiples, composiciones sacras, y hasta más de una ópera, totalmente instrumentada, que tal vez conserven aún sus familiares.

Su pasión por la música le llevó también al magisterio y a la ejecución. Frecuentaron su consejo maestros como el compositor Ruiz Guerrero, de Jaén, y llegó a tocar violín, violoncello y armonium; pero donde verdaderamente alcanzó fama de virtuoso fue con el piano, su violín de Ingres.

Sin embargo, donde ha dejado una huella indeleble, por más necesaria, es con sus “Apuntes para una Historia de Linares”, todavía inéditos. El título, a fuerza de intentar ser preciso, es bien humilde, pues de una auténtica y perfiladísima historia se trata. Su valor no radica sólo en llevarla adelante contra corriente de la ausencia documental. Hay en ella, cuando menos, el no escaso mérito de cierta veracidad probada que se desliza al hilo de un afán por satisfacer la curiosidad del lector, aunque no se redactara para el dominio público. Mal debe conocer el texto quien abogue por supresiones fundamentales al editarla. No sabemos si, de vivir hoy el señor Ramírez, hubiera cultivado el periodismo; pero lo que cabe afirmar es que lo hubiera hecho a las mil maravillas, ya que el estilo y desarrollo de su historia tienen características muy de relato para rotativa.

Es lástima la expoliación que en los superdotados suele hacer la valoración excesivamente modesta de la propia obra. En D. Federico Ramírez aniquiló un porcentaje muy notorio de sus producciones, y fue tan pertinaz que todavía amenaza a su obra más señera. Conocido es su caso de una partitura operística, ya conclusa, sobre la que se le habían reiterado los elogios, y que destruyó después, lentamente, utilizándola como emboquillado de sus cigarrillos. Sólo en ciertas ocasiones lograba salvar la barrera del anonimato: en las veladas hogareñas que montaba para solaz de hijos y nietos, y en las que entonces sí que vertía toda la gama de su genialidad.

Este es, en esquema incompleto, el erudito al que últimamente se ha querido honrar. Ahora cabe ya preguntar si se ha calibrado la trascendencia del homenaje en función a su talla intelectual. Creemos que no, aunque nos consta que existen propósitos, supeditados a obstáculos aparentemente infranqueables, de ampliarlo a justos y necesarios límites. Seguimos abundando en la idea, ya expuesta1, de que es la edición y difusión de la historia inédita la contribución que más aportaría al recuerdo del historiador, enalteciendo de paso a Linares, en quien él se miraba. Es más: su omisión coincidimos en justipreciarla como “una ironía post mortem de gusto dudoso”.

Preside toda la creación intelectual un poderoso instinto por supervivirse en la obra a la inminencia mortal. Hasta cristalizar el pensamiento, la pluma, el pincel, la gubia, danzan siempre en aras de una perpetuidad de lo íntimo, y cuando la gestación se consuma, el artista saborea esa alegría indefinible por asegurar la continuidad a que Becquer la hacía decir dirigiéndose a sus ideas: “Id, pues, al mundo y quedad en él, como el eco que encontraron en un alma que pasó por la Tierra sus alegrías y sus dolores”. Ni la compensación material, ni la perennidad del nombre, ni la fama, pueden equiparse a esta noble ambición de hacerse semillita para sembrar en la procesión de las generaciones. De aquí que nada sea más querido a un autor que el afecto por su propia invención. Al escritor, concretamente cabe aplicar el texto de Miomadre: “¿No sería el libro mismo lo más indicado para honrar a quien consagró su vida al libro?”.

Convengamos que sí, y más en este caso, y examinemos los obstáculos que impiden a Linares tener impresa su historia.

En el artículo que citábamos, se centran éstos en el deseo familiar de dar vigencia al modesto ruego de D. Federico de que sus líneas no vieran la luz pública. Pero el hecho es que esta oposición ha desaparecido. A raíz del mencionado escrito, tuvimos el gusto de mantener un diálogo sobre dicho punto con la depositaria y amanuense del libro, su culta hija, quien se mostró conforme con la línea general de lo expuesto, admitía el peligro futuro que amenaza al manuscrito y dejaba el camino abierto a una edición digna. Hasta entonces, la única propuesta que le había formulado era la de una impresión extractadísima para la infancia, a la que se opuso por la naturaleza de las mutilaciones. En realidad, su criterio era muy acertado, ya que el libro debe ir a las prensas como fundamentalmente lo delineara su autor. Ello no obsta para ciertos retoques y hasta la supresión íntegra de algún capítulo, como el que se dedica a conocimientos para la interpretación de inscripciones antiguas, que los deudos autorizan y el mismo historiador permitía salvar en la lectura.

En las fechas a que hacemos referencia, se rumoreó el propósito municipal de solicitar el manuscrito para conservarlo en un muse. La idea no es de mucha consistencia –admitida la buena voluntad-, pues la experiencia atestigua que, por ahora, en ningún lugar estaría mejor conservado que en donde cuenta actualmente. También se habló de una edición reducida, circunstancia que hace casi idéntico el dispendio e inferior la remuneración por venta, aparte de que consideramos la posibilidad de una justa demanda. Lo que sí cabría es una doble edición, popular y de lujo, variando sólo en características de presentación.

Nuestra sugerencia es que el Municipio debía, naturalmente, patrocinar una publicación completísima que llevaría adelante la sección de Historia del C.E.L. Caso  de que no arraigara el auxilio que a continuación enunciamos, habría que volver a ésta como solución definitiva.

Con motivo de una gestión privada cerca de la Diputación, para utilizar sus servicios de imprenta, se nos manifestó el propósito de dedicarlos a ciertos textos históricos que, por su naturaleza, no garantizaban la inversión económica. Este es el caso del libro del señor Ramírez, cuya protección entraría de lleno en los fines de la Corporación Provincial, de la que forma parte el alcalde de Linares, y a quien sería fácil alcanzar la necesaria contribución. Así, al Ayuntamiento cabría subvenir a los gastos de ilustración y otras incidencias que aseguren el volumen que nuestra Historia merece.

Demostrar que, junto a un futuro esperanzador, poseemos también un pasado glorioso es tarea que merece la pena intentar.

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[1] “LINARES, PUEBLO SIN HISTORIA”, Revista LINARES núm.19; también podéis leerlo en nuestro web
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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Beato Manuel Lozano Garrido, 29/10/2014