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El mejor cuento de Pablo Ramírez

Manuel Lozano Garrido
Diario “Jaén” (sf)

Pienso que la mejor obra de un autor es la que se escribe y se afirma sobre la moraleja de la propia vida. El escritor de oficio es como un vendedor de globos, aéreos y vistosos, si, pero destrozables al roce de la primera espina. Más aún las gentes que dialogan con los niños en letra de imprenta, porque un niño es como un río de cristal, que le gusta notar en su corriente la imagen de  un cielo con estrellas.

Pablo Ramírez era un hombre que soñaba cuentos cada noche y luego los iba viviendo por entre el sudor iluminado que le arrancaban las cuartillas. Fuerte, vital y poderoso, era como un niño prolongado cuarenta años. Ser niño –lo sabéis- no es quedarse en una cándida ignorancia, sino abrir el alma a la verdad y no dejar que la vida se la venga a encerrar dentro de una caracola. Una larga infancia es precisamente el fruto de las grandes inteligencias.

Pablo Ramírez era uno de los mejores dibujantes españoles de la hora. Con Ferrándiz, formaba la pareja más deliciosa de creadores de motivos navideños. Él, a su vez, estaba zambullido plenamente en el misterioso mundo de los sueños infantiles. Trabajador incansable, sus manos se movían ya desde el amanecer con la imagen limpia y risueña de un niño tras la frente. En vez de tenerlos sobre su mesita de noche, su mente era el portarretratos de los seis hijos de su sangre. Su hogar, venía a ser la planta piloto de sus creaciones; así que los protagonistas tuvieran tantas sustancias de amor. Un dibujo o un relato infantil suyo venían a ser como un puro milagro caliente.

Los cuentos de Pablo Ramírez se movían sobre la realidad y el suelo de ladrillos de su casa de Masnou. Porque amaba las horas, el tiempo y el destino de sus hijos, hacía por acercarles también las criaturas cotidianas, a las que él ayudaba a descubrir en su ángulo de bondad. Las “Caperucitas” o “Blancanieves”” a que le obligaban los compromisos profesionales, contrapesaban su quimera con los “monos” de cosas del tiempo de sus hijos.
-Hay que dejar a un lado ese clima ficticio de los dragones y gigantes. En la vida corriente existen amplias posibilidades de ilusión y de esperanza, que se pueden y deben utilizar –repetía, casi a diario.

La “garra” de Pablo Ramírez en el mundo de los niños poseía sin más esta leve fórmula de la mirada humilde. Con razón decía Chésterton que los milagros son muy sencillos.
Todas estas cosas las he pensado yo a raíz de su muerte, inesperada y sencilla muerte. Y son estas, a su vez, unas conclusiones también sencillas, que nacieron de esa fácil lección que es una tarde de charla, cinco días antes de ocurrir el desenlace.

-“Te voy a leer el mejor cuento de mi vida” –me dijo.

Era un cuento tal vez de encargo, el ya clásico Aladino y su pródiga lamparita. Con solo estos dos ingredientes, él había recreado una subyugante peripecia, enfilada a la fe de los niños en los propios valores. Los laureles del viejo personaje actualizado florecían sobre el tronco de su voluntad.
El cuento era hermoso y aún su moraleja, pero, conociendo a Pablo Ramirez sabiendo las vicisitudes de un muchacho sin nombre que llega a una capital sin otra recomendación que un puñado de dibujos bajo el brazo y triunfa, uno sabía que aquellas letras eran de oro puro, con la firma de brillantes. El cuento vivo que fue Pablo Ramirez junto a mí a lo largo de la tarde, tuvo aun después dos nuevas moralejas. Una, la cuento aun con peligro de malentendidos hacia mi pobre realidad, porque lo que me importa es el fondo de la anécdota y no sus elementos.

Me extrañó que, aquella tarde, el dibujante y escritor infantil viniera a hacerme tertulia acompañado del mayor de sus hijos, un chaval de once años y cara gemela a las de muchas páginas coloreadas. Hablamos, bromeamos y el chico nos dejó sencillamente. Veinticuatro horas más tarde él aclaró por teléfono el secreto de la visita del chico. Era toda una hermosa lección de carácter sin palabras.

Horas antes, el muchacho había dado muestras de caprichosa contrariedad. A él le dolía el sermoneo si contaba con lo que, -pobre de mí-, creía una fórmula viva en mi circunstancia de inmovilidad. Al regreso, el pequeño salió ya a recibirle con toda la moraleja bien aprendida. Lo que no pensaba él era que, en el propio cuerpo y espíritu de su madre, venía leyendo el chico lo que él hubiera querido explicarle con criaturas extrañas: que no hay contratiempo que no tenga en algún prójimo una razón superior de infortunio. Testigo, las manos de su padre.

Esto de las manos de Pablo Ramírez es su tercera y más hermosa moraleja. Horas y horas yo le estuve oyendo sus proyectos constructivos, pero sus tablas de la ley eran aquellas dos manos forzosamente acurrucadas toda la tarde. Yo, siempre había visto y querido a Pablo Ramírez como a un niño grande, pero un hombre al que se le juntan para siempre las manos (que son su vida) y no preguntan sí ha llegado a ese puro comienzo de vida del corazón que abre la gran puerta de las estrellas.

Y es que, si siempre se ha dicho que son manos de ángeles las de un artista, él sabía que también los serafines besan dolorosamente –redentoramente- y el roce de los labios de un ángel será siempre un beso de purificación y de gracia.

He querido deciros estas cosas en razón a vosotros y vuestros hijos. Si alguna vez los veis con un libro entre las manos que lleva esta firma –“Pablo Ramírez”- esponjad el corazón, porque buena semilla le ha caído en medio de las palmas. Pero, también, si pudierais, explicadles esta historia viva que os cuento del padre de aquellos relatos, el hombre que supo abrirse camino en la vida con el tesón de su nuevo y humano Aladino y que, cuando el infortunio vino a colocar dos ataduras de dolor sobre las muñecas de su gloria, pensó que aún le quedaban imágenes hermosas en las sienes con que alimentar dulcemente el alma de los niños.

¿Verdad que el propio dibujante Pablo Ramírez era, en vivo, el mejor cuento que pudiera salir de su también pluma de escritor?

Beato Manuel Lozano Garrido, 10/09/2017