LOS PROCESOS DE CANONIZACION (PROCESO DE LOLO)

 

 

1.- La Iglesia recuerda continuamente a los bautizados las palabras del Señor: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mat. 5, 48).

A esta meta están destinados todos los cristianos. Nos lo recuerda de un modo especial el Concilio Vaticano II, en el capítulo 5º del documento dedicado a “LA IGLESIA”. El capítulo se titula: “La vocación universal a la santidad”.

 

                 Hay una fiesta en el año, que tiene un sentido precioso: es del día de todos los santos. San Pablo en sus cartas, cuando saludaba a los destinatarios les decía: “Saludo a los SANTOS que viven en la Iglesia de Roma... de Corinto...”. Porque incluso los que vivimos en la tierra, si nos esforzamos en vivir de acuerdo con la voluntad de Dios, en nosotros está la gracia “santificante”, la gracia que nos hace santos.  
                                                           

   Ese día de “todos los santos” recordamos  también a tántos y tántos hombres y mujeres que ya han llegado al cielo y participan de la vida de Dios, aunque no conozcamos sus nombres o aunque su su vida  -cercana a nosotros- pasara de un modo sencillo y casi anónimo. “Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación” (Ef. 1,4).

La santidad podría definirse de un modo sencillo como el seguimiento de Jesucristo. Este seguimiento, de tal modo debe estar por encima de todo, que el mismo Señor dice: “Si alguno ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí” (Mat. 10, 37).

                                                                  

 

      La santidad podría definirse de un modo sencillo como el seguimiento de Jesucristo. Este seguimiento, de tal modo debe estar por encima de todo, que el mismo Señor dice: “Si alguno ama a su padre o a su madre más que a Mí no es digno de Mí” (Mat. 10, 37).

Este amor “preferencial” a Dios sobre todas las cosas puede llevar  incluso a dar la vida por Dios.

2.- Son miles y miles, “una multitud incontable de toda raza, lengua, pueblo y nación” (Apoc. 7,9) los que han seguido las huellas del Señor. Y muchos de ellos lo han hecho de modo heroico ya sea entregando la vida en el martirio por la fe, ya sea en el cumplimiento “extraordinario del quehacer ordinario de cada día”.

En un primer momento de la Historia de la Iglesia, los seguidores de Cristo y de su Evangelio de modo eminente fueron los MÁRTIRES (“mártir” en griego significa “testigo”). Eran quienes “firmaban” con su propia sangre la confesión de su fe y de su amor por Cristo.

También en nuestros tiempos actuales hay mártires que entregan su vida por la fe; mártires a los que se les arranca la vida por ser “testigos” del Evangelio.

3.- Pero pronto la Iglesia comenzó a venerar de modo especial también a otros fieles cristianos que, sin morir en la persecución, sin embargo habían llevado una vida heroica en el seguimiento del Señor.

Este es el origen de los procesos de canonización: la investigación seria y profunda que la Iglesia realiza sobre una persona para mostrarla como  fiel servidor del Evangelio.

Hoy, este proceso riguroso, tiene como una doble modalidad o camino: Por vía de martirio o por demostración de la vida y virtudes heroicas del candidato.

             Para esta tarea existe en Roma una CONGREGACIÓN (un dicasterio  o “ministerio”) que, precisamente por esa su función lleva por título “Congregación para las causas de los santos”.

 

B 4.- ¿Cómo se desarrolla una causa o proceso de canonización?

Cuando de un cristiano puede pensarse que murió por la fe (mártir), o bien que su vida y virtudes fueron heroicas, la Iglesia tiene un profundo deseo de que esa vida sea conocida y manifestada ante el Pueblo de Dios como un modelo de seguimiento fiel de Jesucristo.

A partir de esa FAMA DE SANTIDAD o de MARTIRIO, se comienza un proceso largo, minucioso, con todo rigor. No es tanto una “glorificación” o premio para el que así vivió o murió, sino más bien la presentación de esa vida o muerte como aliento para el camino de los demás. Algo así como aquello que San Ignacio de Loyola se preguntaba cuando leía la vida de los santos mientras estaba herido antes de su profunda conversión: “¿Lo que éstos y éstas han podido, por qué no lo voy a poder hacer yo?”.

 

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