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Y, sin embargo, se que tocante a la sinceridad resistiría tus tremendas
pupilas de juez. Cuando yo te he dicho <<dolor>> sentía en el tímpano el
alarido de mis vértebras desguazadas y lo subía al tuyo para que
oyeras el trasfondo armonioso del corazón, feliz y esponjado como un
azucarillo.
Resucitaría imágenes propias y entraría por la puerta un adolescente con
corbata de estreno y cierta veneración por el escozor de su muela
careada.
Si no profanara la huella de lo santo, te recordaría mi envidia de tus
hombres predilectos, los que besaban la úlcera, se revolvían en el
espino y alzaban la hermosa demencia de la Cruz.
Don Juan de Fontiveros me atrajo ese instinto que absorbía la
crucifixión como la llama al pábilo; de Teresa, su martirio de deseo; de
su hija de Liseux, el de la esperanza; del <<Polvorello>>, la santa
fraternidad de la muerte.
Me acuso, Señor, de mi revuelo satánico por ser como Tú, de haber
parodiado tu fiebre y tu pulso de artífice queriendo amasar sólo a mi
barro y luego insuflarle una mística pura de lagrimas y de sangre.
Pero ha
bastado que se ize en el viento una mano engarfiada, para que todo el
tinglado se tambalee como una arquitectura de naipes.
Ahora, sobre el capricho y la hombruna vanidad de sufrir, se apoyan unas
muñecas y gallea la cara de un terror que es de carne.
Los dedos que hurgaban las estrellas están tumefactos por la magnitud de
la caída.
En este minuto me acerco a Ti ya con un rebullir de corderillo
huérfano, para que pongas en mi desarboladura la roca de tu sabiduría,
la clave de tu palabra – la PALABRA-.
Y para las líneas pautadas de mi oración, para estos garrapatos de
colegial, te alargo un lápiz rojo porque quiero que Tú vayas tachando y
dando giro firme a mi titubeo irresponsable.
Y es que ya sé que el dolor sin más, aséptico, desnudo, con la arista
como fin, no tiene cabida en el dulce paraíso del Amor.
Ser santo, y paciente, y amante, y loco de Cruz es vivir la magia de las
adivinaciones, el milagro de las transmutaciones.
Un obrero desbasta dos leños y permanece el rastro de la garlopa y la
suavidad del cepillo.
Un santo se acerca al madero y le queda en la retina los chorros de unas
sienes que se deslizan por la mandíbula y en el cuello las va frenando
la coagulación. Y si se revela la imagen, aquel ajusticiado tiene una
ficha de nazareno y su naturaleza de Dios.
Ahora ya está claro que un hombre se enajene por una calentura, el
cilicio, la fatiga, su cáncer. La <<polio>>, porque detrás está
Getsemaní, el látigo de huesos, la Vía Dolorosa, el taladro de los
miembros y la frondosa inmovilidad de veinte siglos.
Todo Cristo, es fruto de amor; amor que Tú pones en el cuenco de tus
manos, bien abarquilladas, y luego las relajas sobre el niño, la flor,
el aire, la nobleza, el revés, la herida, para que todo susurre tu voz,
tu aroma, tu aliento y tu figura. Déjame pensar un momento…
Si; Tú eres amor y tu corazón se arma aglutinando todas esas piezas
desparramadas que son tus criaturas.
El amor es como el árbol que florece en el huerto y luego da la manzana
sobre el mantel, el lavafrutas o los dientes del niño.
Amor es sentir en las raíces del pecho una succión que viene de
pedacitos nuestros arraigados en el hermano, el amigo, el desconocido.
Amor es ver una cara sin rasgos y de pronto oírle la
palabra, y es nuestra palabra; mirarle los ojos pardos y son también
nuestros ojos; caer en la cicatriz de la barbilla y es también
nuestra huella de un absceso.
Amor del tuyo es ese y más: la palabra, los ojos pardos,
la cicatriz tienen entonces el eco arameo de tus caminos, tu mirada de
berbiquí que derrumbaba a Pedro, a Tomás, y a Judas, el desgarrón de
Longinos en esos pulmones que trasegaron el aire limpio de la inocencia
absoluta y la bondad infinita.
Yo, Señor;
puedo concluir, pero antes desearía pedirte que esta idea de tu
encarnación en el dolor me la dejes quieta, inmóvil, imborrable,
como en esos cortes de las
películas rancias en que un hombre se nos queda para rato con el
vaso en el aire, a dos dedos de los labios.
MANUEL LOZANO GARRIDO |