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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

La trinca (Las golondrinas nunca saben la hora)

Del libro Las golondrinas nunca saben la hora (1967)

Ahora que empiezo a escribir, me acuerdo del chascarrillo de aquel viejo que iba de viaje por una carretera, con un nieto y un borriquillo. Anda que te anda, se dijo:

—«¡Tontos que somos, los dos andando y el burrito vacío!»

¿Montar? Pues hala, que se suba el chico. Y el niño, a horcajadas.

Un caminante que cruza y, al paso, su comentario:

—«Anda con el chaval: ¡tan jovencito, montado como un rey, y sin que le dé vergüenza la caminata del viejo!».

—«Puede que lleve razón —se dijo el abuelo—. Baja y probaré yo a subirme».

Cinco, diez minutos, y otro paseante que le increpa:

—«¡Las cosas del viejo! ¡Arrellenado, tan fuerte todavía, y el niño, aún crío, a patita!».

Nueva parada. ¿Qué debo hacer ahora? Solución: Los dos sobre la albarda. Pues arre, que luego es tarde. Y fue entonces cuando al buen hombre le salió al paso la mayor de las sorpresas:

—«También es poca conciencia: con lo que pesan y los dos encima, de seguro que revientan al animal...».

Un asnillo, un viejo y un niño: un hombre. El asnillo, su cuerpo; el viejo, su mente: el niño, su corazón. Al menos, este que yo soy.

¡Pobre burrito mío tú! ¡Qué maltrecho estás, al cabo de los años!

Que te cansas, que te agotas, que te vas muriendo poco a poco. ¡Cuántos achaques, en los años, los largos años! Vas hoy como los coches de aquellas películas del viejo cine: una pieza que se desprende en el camino, otra más allá, otra más lejos. ¡Qué peso tan duro, tan enorme el de la vida o el dolor sobre ti! Enséñame un sólo día que lo tengas de vacaciones. ¿Verdad que ni uno? Anda que te andarás, cuesta arriba siempre. Oh, Teresa, ¡qué bien hiciste en llamarme asnillo y pobre!

—«Ven tú ahora, «Viejo», a la página inicial de mi Diario: acércate un poco y dame la mano».

—«¡«Viejo», «Abuelo»...! ¿Por qué llamarme así siempre? Viejo es únicamente aquel que echa anclas, al que se le nublan las ideas y el que ya humanamente ha dimitido de todo...»

—«¡Oh, no! «Viejo» tú, sólo por tu humilde pozo de sabiduría, por la verdad que alumbras cada hora, por la luz que recoges de entre las cosas, por la hermosa curiosidad que satisfaces. «Viejo» por la paz que das, por la sensatez que infundes, por el amplio horizonte que abres».

El «Viejo», «mi Viejo», vive detrás de la frente. La vida que conoció, los secretos que le fueron enseñando, las verdades que pudiera ir desenterrando año tras año, ahí están con él, archivados amorosamente. Memoria: ¡cuánto guarda! Inteligencia —pobre y pequeña—: ¡con qué ansia escarbas a todas horas! ¡La de chispas que le sacas a todos los encuentros! Quien te dio ese afán de luz, ¡qué filón de gloria te puso en las raíces! Conocer, saber y comprender.

—«Y ahora te toca a ti, «Caballito». Casi no necesito decirte que vengas, de bullicioso que eres. Siempre caracoleando, brincando, trotando, ¡qué loco y también qué niño! Siempre así, con las alas abiertas y revoloteando, pequeño y leve en tu morada, pero soñador y dilatado en tus ansias».

«Sueño cosas, muchas cosas. Quiero cosas, bastantes cosas. Deseo... ¿qué deseo? Espero, ¡ay, lo que espero!».

Pequeño —«Caballito»— , mi corazón, tan pequeño, que cabe holgadamente en una caja de fibras musculares. Siempre niño, ¡qué bien así! Tú, nunca crezcas; consérvate de este modo, porque para un niño, todas las cosas tienen faroles dentro, como también son de fiesta todos los días. Infantilesy pequeñas, ¡ay, en cambio, cómo son de hermosas las ilusiones! Nacer el corazón a la par que cada día, ¡cuánto ensueño noble, cuánta esperanza, qué hermosa razón de vivir! A ellos —el asnillo y el «Viejo»—, déjalos que vayan creciendo, que se hagan definitivos, que maduren; tú, en cambio, casi siempre, esforzándote, incluso, por volver a la antigua inocencia, a la humildad, infante, pequeño.

El asnillo, el «Viejo», el niño, a veces —muchas—, dialogan. Cuando el cuerpo habla, su voz se hace grave siempre, potente, quejumbrosa, casi soberana. Su palabra es dura y tiene acentos de áspera rebeldía. Los otros entonces, respetan la queja y callan siempre.

El diálogo, el permanente y básico diálogo, se cruza entre el corazón y la mente. A veces hay también palabras tristes, como a su vez, a legres, apesadumbradas, gozosas, cansadas e, incluso, algunas con un sonido así como el de alguien que quisiera remontarse. En ocasiones, ellos también discuten. Alguien. un día, puso dentro de mí una cerilla, que ya he de hacer porque se mantenga encendida siempre. Del «Viejo» es su luz; del niño, su calor.

—«El más grande de los tres soy yo, que doy con la verdad de las cosas» —dice el «Viejo».

—«¡Oh, no! Por delante, yo, que las vivo» —le opone el niño».

Corazón, inteligencia —alma mía—: del brazo y por la vida, amigos, hermanos siempre.

¡Qué reducido, así también, yo, con ellos!

«Viejo». —«Esto que nos ocurre ahora, no lo veo claro. Luz, más luz. Fe, más fe, ¡tan poca es! ¡Un sol!, ¡que me den un sol!».

«Caballito». —«¡Qué limitada, mi capacidad de amar! Los sueños, ¡tan grandes al nacer y tan pequeños luego, a la hora de cuajarse!».

Arriba, abajo —el cielo, la tierra— mi vida, también haciendo escalerillas, como la gráfica de una fiebre. Fiebre alta siempre: eso es lo que debiera y quisiera poseer porque es necesaria, se qué algún día tiene que venir, estoy bien seguro, por eso compongo ya mi alma apenas al amanecer y me pongo a esperarla todos los días. La tiene y ha de venir de Quien nunca falla, del que responde siempre, del todo, grande y generoso.

—«¡Arre, «Caballito»! ¡Aviva, «Viejo»! ¡Resiste, mi cuerpo! ¡Adelante, en fin, alma mía!».

¡Mañana, mañana...!

Ilustración de Manuel Asensio
Ilustración de Manuel Asensio. Las golondrinas nunca saben la hora, 1ª edición
Beato Manuel Lozano Garrido, 03/05/2017