Hay dos anécdotas que no quiero omitir. Cuando aún podía mover algo los dedos le regalaron una máquina de escribir. ¿Lo primero que escribió en ella?: “Señor, gracias. La primera palabra, tu nombre; que sea siempre la fuerza y el alma de esta máquina... Que tu luz y tu transparencia estén siempre en la mente y en el corazón de todos los que trabajen en ella, para que lo que se haga sea noble, limpio y esperanzador”.¡Las raíces! ¡Y cómo arraigaron en su vida y cuánto fruto dieron!