Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«El Creador se puso a ver dónde depositaría su corazón al venir a la tierra y eligió a una madre»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

Laura M. Otón, IX Premio Lolo de Periodismo Joven Irene Pozo Hernández, VIII Premio Lolo de Periodismo Joven José Beltrán Aragoneses, VII Premio Lolo de Periodismo Joven Cristina Sánchez Aguilar, VI Premio Lolo de Periodismo Joven Laura Daniele, V Premio Lolo de Periodismo Joven Samuel Gutiérrez, IV Premio Lolo de Periodismo Joven Pedro J. Rodríguez, III Premio Lolo de Periodismo Joven Pablo J. Ginés, II Premio Lolo de Periodismo Joven María Gómez Fernández, I Premio Lolo de Periodismo Joven
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Saludo de Mons. Piris en la entrega de los Premios ¡Bravo!

¡Que el Beato Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, primer premiado con un ¡Bravo! de Prensa, nos ayude a conseguir el objetivo de aunar la causa de Dios y del hombre en nuestro empeño diario de comunicar! (Monseñor Piris)

Saludo de Mons. Joan Piris, obispo de Lleida y presidente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación, en el acto de entrega de los Premios ¡Bravo! 2010

Hermanos obispos, galardonados, señoras y señores: amigos todos. En nombre propio y en el del resto de los Obispos de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social os saludo y agradezco vuestra presencia en este sencillo acto de la entrega de los Premios ¡Bravo! del 2010. Os doy la bienvenida a esta Casa, que se llama “Casa de la Iglesia” y que por ello quiere ser de todos vosotros, hoy especialmente de los premiados y de cuantos trabajáis en el mundo de las comunicaciones sociales.

Con los Premios ¡Bravo! la Iglesia en España quiere, un año más, hacer visible su amistad y cercanía a la comunicación social y reconocer “la labor meritoria de todos aquellos profesionales de la comunicación en los diversos medios, que se hayan distinguido por el servicio a la dignidad del hombre, los derechos humanos y los valores evangélicos” (Normas. Art. 2).

¡Qué buenos ingredientes estos que aúnan la causa del Evangelio y la del hombre! Ambas son inseparables y forman un única realidad en el Cristianismo, en la Iglesia, ya que cómo nos señaló el Concilio Vaticano II en el comienzo de su Constitución Pastoral Gaudium et Spes: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (n.1). El recordado Santo Padre Juan Pablo II, que pronto será beatificado, comenzaba su fecundo y largo magisterio pontificio señalándonos en su primera encíclica que el hombre es el camino de la Iglesia (Cfr. Redemptor Hominis, 14, 4).

Estos premios, que en el año que acabamos de estrenar cumplen nada menos que su 40º aniversario, son una prueba de que la mirada de la Iglesia sobre el mundo de los medios de comunicación es positiva. No puede ser de otra manera si queremos ser fieles a la doctrina y espíritu del Vaticano II, que considera a los medios “maravillosos inventos de la técnica” (Decreto Inter mirífica, n. 1). Esta visión constituye para nosotros una obligada guía con la que queremos transitar. Es aprecio y amor a todo lo humano -que sentimos como propio en el misterio del Verbo de Dios hecho hombre- y simpatía y cercanía con el trabajo de los comunicadores sociales. Este es el espíritu de este acto que queremos sea reflejo del aprecio de la propia Iglesia.

Una Iglesia que se comunica con el mundo y no se cierra en sí misma o se limita a defenderse, una Iglesia que, como su Señor, ama al hombre y se sitúa en su camino para comprenderlo y acompañarlo. La Iglesia, que, como nos ha señalado Benedicto XVI en su reciente visita a Santiago de Compostela, “desea servir con todas sus fuerzas a la persona humana y su dignidad, y está al servicio… de la verdad y de la libertad. No puede renunciar a ellas, porque está en juego el ser humano, porque le mueve el amor al hombre, «que es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et spes, 24), y porque sin esa aspiración a la verdad, a la justicia y a la libertad, el hombre se perdería a sí mismo” (Discurso en la Catedral de Santiago. 6.11.2010).

Esta visión de la Iglesia no puede quedarse en unas bellas palabras y buenas intenciones, sino que ha de ser un quehacer permanente y, de hecho, así es vivido por una inmensa mayoría de cristianos consecuentes: por tantos buenos pastores y “teresas de Calcuta” –religiosas y religiosos; padres y madres de familias, jóvenes y mayores, repartidos por las encrucijadas del dolor, del sufrimiento, de la pobreza, de la educación y la cultura, y, en definitiva de la evangelización, que es la propuesta esencial de Dios en su Hijo Jesucristo y con ello el engrandecimiento y promoción de todo lo verdaderamente humano.

Una Iglesia que ha de saber comunicar esto mismo y por ello hacer justicia a la ternura y misericordia de Dios y a toda la rica variedad de carismas y servicios que hay en sus miembros; y también reconocer a la vez, con humildad y dolor, las propias debilidades y pecados que existen en su historia y en sus filas, como nos está enseñando Benedicto XVI.
En este mismo sentido nosotros, reconociendo lo mucho y bueno que se hace en la Iglesia en el campo de la comunicación, también necesitamos estar en constante actitud y práctica de mejora en este ámbito tan complejo y variado. Estamos obligados a ello por nuestra misión evangelizadora.
Una Iglesia que sirve a la verdad y a la libertad, y ha de ejercer la audacia profética, primero para consigo misma a fin de mejorar en sus medios, estilos y praxis comunicativa, y también para con el mundo de la comunicación social en general, recordando a éste el deber irrenunciable de realizar una comunicación de acuerdo con la dignidad humana y no exclusivamente entregada -como contemplamos por desgracia en no pocas ocasiones, especialmente en el mundo televisivo y audiovisual- a la pura lógica del mercado o a un economicismo que da al traste con la dignidad y misión de la labor periodística y de sus profesionales, relegando también al olvido el sentido de servicio público y social al que todo medio de comunicación ha de servir. No hacerlo deteriora la vida personal y la convivencia ciudadana.

La comunicación es indispensable para la Iglesia, pues como decía el Papa Pablo VI en su primera encíclica Ecclesian suam: “La Iglesia debe ir hacia el diálogo con el mundo en que le toca vivir. La Iglesia se hace palabra; la Iglesia se hace mensaje; la Iglesia se hace coloquio”. Necesitamos, como los primeros discípulos de Jesús (Cfr. Act. 8, 36-40), salir a los caminos por donde transitan los hombres y mujeres de nuestro tiempo y dar respuesta a la nostalgia de Dios, de ejercitar una verdadera “diaconía de la cultura” con la levadura del Evangelio y el conocimiento del hombre de nuestro tiempo.

Para lograrlo es necesario entrar en diálogo con los comunicadores y con los líderes de opinión, es preciso trabajar activamente en este específico “patio de los gentiles” tan decisivo hoy en la vida de las personas y las sociedad. Una relación sincera, respetuosa y convincente con esta verdadera mediación social que es hoy el ámbito comunicativo. La Nueva Evangelización a la que nos convoca el Papa nos apremia a buscar nuevos lenguajes que se unan a un ardor renovado para anunciar a Cristo en el mundo de hoy.

Esto hace indispensable apostar por una comunicación adecuada en la Iglesia y desde la Iglesia, por una pastoral de las comunicaciones orgánica e integral que a estas alturas ya no puede ni debe ser algo optativo o de puro pronunciamiento teórico, sino que hemos de traducir en obras, procedimientos y planes concretos, realistas y eficaces en las distintas instancias eclesiales. Sin miedos ni reservas, en comunión eclesial y sinergia estratégica.

La credibilidad de nuestro testimonio cristiano y eclesial no puede considerar hoy a la comunicación como un añadido prescindible o la atomización existente en este terreno como un rasgo inevitable de la variedad de los carismas. La Sociedad de la Información y quienes habitan en los areópagos modernos o en los nuevos “patios de los gentiles”, aunque no compartan nuestra manera de pensar, esperan una Nueva Evangelización llevada a cabo por una Iglesia coherente y fiel a su Señor.

En este espíritu positivo y dialogante entendemos este acto y valoramos la trayectoria de los premiados en esta nueva edición de los Premios ¡Bravo!, como dirá de manera más concreta de cada uno de ellos el Acta del Jurado que se leerá a continuación.
Por mi parte quisiera destacar unos rasgos o acentos comunes que confluyen en las personas y obras premiadas este año, independientemente de la excelencia de todos y de sus géneros o quehaceres:

En primer lugar la presentación y cobertura informativa de la actividad y enseñanzas del Papa y de la Santa Sede, hecha con profesionalidad, rigor, y el necesario aprecio, que realizan Paloma Gómez Borrero, Juan Vicente Boo y la Agencia Rome Report. ¡Gracias por vuestro trabajo bien hecho y por la cercanía y claridad con que habéis puesto al Romano Pontífice y su misión a los ojos de la opinión pública, especialmente la española!

En segundo lugar quiero destacar la película “La Última Cima” y la serie “Padre Casares”, dos obras premiadas por acercar al gran público con creatividad, sencillez y acierto, la figura del sacerdote, representado en una persona (Pablo Domínguez) y en un personaje (el padre Casares), reconciliando en la percepción de los espectadores lo que la experiencia de vida había ya arraigado en sentir común: la vida entregada de tantos sacerdotes anónimos que dejan su vida por Dios y los demás, en especial de los más necesitados en todos los sentidos. ¡Gracias!

En tercer lugar quiero destacar el esfuerzo de la Iglesia por hacer comprensible su quehacer, su mensaje y su causa: es lo que consigue en el campo de la acción caritativa y social la organización católica “Manos Unidas” con sus campañas publicitarias de sensibilización, ¡genuina comunicación social!; y en el ámbito del culto cristiano y la belleza musical la Escolanía de Montserrat; y en el terreno diocesano de la vida ordinaria el programa televisivo “De Par en Par! de la diócesis de Orihuela-Alicante ¡Dios os lo pague!

No me olvido del premiado en el apartado de radio: Juan Pablo Colmenarejo. Gracias, sencillamente por la grandeza de contar con pasión y naturalidad, con rigor y frescura, lo nos pasa cada día –en nuestro país y en nuestro mundo- e invitarnos a pensarlo, que no es poco, y ayudarnos a vivirlo. ¡Gracias!

Que el beato Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, primer premiado con un ¡Bravo! de Prensa, nos ayude a conseguir el objetivo de aunar la causa de Dios y del hombre en nuestro empeño diario de comunicar!

Muchas gracias.

Madrid, 21 de enero de 2011

Ms. Joan Piris, 26/01/2011