Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«¡Siempre, siempre, siempre…! ¿Y qué me dices, aún de un ‘Siempre’ que rebosa de amor?»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

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Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

Oración a las doce ante un pedazo de pan

El pan es vitalmente humano, Ulises aconsejaba dar a los soldados pan y vino, porque aquí están la fuerza y el valor. El milagro de la criatura, esa armonía del latido y la voz, la caricia y el ritmo, tienen en el trozo fermentado su frente representativa de energía.

El pan es vitalmente humano, Ulises aconsejaba dar a los soldados pan y vino, porque aquí están la fuerza y el valor. El milagro de la criatura, esa armonía del latido y la voz, la caricia y el ritmo, tienen en el trozo fermentado su frente representativa de energía.

Por eso al pan, como destinado a la vida palpitante, se han añadido características que son como una atrayente llamada a los sentidos: su color, el estallido con que se abre al gozo, su aroma y su gusto indefinible, ese tacto suave de su intimidad. El mundo gravita así sobre un leve montón de trigo pulverizado.

Constitutivamente, en el pan, hay por tanto una conjunción de elementos que predisponen a lo espiritual. Desde su nacimiento pagano, o tal vez desde los umbrales del Paraíso, la masa de harina fue ya creada con una como nostalgia de encarnaciones divinas. De aquí que, cuando sobre la corteza desciende, al fin, la sombra rotunda de una cruz y ciertos labios le cincelan la fórmula eterna de una consagración, se cumple, sencillamente, la maravillosa transmutación en Carne de Dios, y lo que solo era materia apetecible, pasa a ser sangre y Cuerpo a la mano, portentosamente multiplicados y capaces de elevar y divinizar a todo el que de ellos quiera saciarse.

Y sin embargo, este pan prodigioso, de fácil accesibilidad y contenido infinito, está ahí, intacto, con su inmensa fuerza operante, esperando solo a que a nosotros se nos cambie el deseo y nos nazca una verdadera hambre de eternidad.

Ante cada uno de los doce, reunidos en el momento de la instauración asombrosa, venimos hoy con una petición de hambre para el mundo. Hambre de cosas actuales, vigentes, olvidadas y, no obstante, necesarias para la salvación.

A ANDRÉS, RIESGO:

Cronológicamente, tú con Juan, fuisteis los primeros aquella tarde en que seguíais al Rabí para ver donde habitaba. Por eso lo has de comprender cuando te diga de ese orgullo nuestro da haber sido gestado en la fe y que hasta en la muerte tendremos un tañido de campanas. Es bueno esto de que seamos cifra segura en la estadística de creyentes. De aquí nuestro « conservadurismo». ¿Sabes? A cada uno se nos ha dado un denario que todos guardamos entre el espliego de nuestras oraciones. Obliga mucho esta fama de país sin herejes, ya conoces que en otros han tenido que reprimir, claro que no sé si será menos condenable eso del minero que se pierde, el chaval que delinque o la chica que se prostituye, y nosotros mano sobre mano.

Andrés. Consíguenos un deseo devorante de abrir perspectivas a la caridad, hambre de intrepidez; que cada mañana palpemos el escalofrío de tener que ganar la gloria a pulso, que vivamos, en fín, la agonía de los que se condenan por nuestra omisión.

A PEDRO, SINCERIDAD:

Déjame aupar, Pedro, hasta tus pupilas de asombro: ¡Cristo, Pan; la vieja barca embreada, quilla del mundo, y tú, Roca, haciendo y deshaciendo por toda una eternidad!

Hoy en ti se han coronado las cosas humildes. ¿Qué como fue todo? Tus manos yodadas, esas espaldas con las cicatrices aún frescas de las redes que tajan y el acre olor sudoroso de la túnica, conservaron hasta el fin tu conciencia de trabajador humilde. Lo demás lo pudo tu sinceridad, aquella corazonada de saltar sobre el copo y el vértigo de tu caída, la gloria de tus confesiones y la veracidad de tu lágrima.

Ahora, Pedro, componemos la sonrisa mientras en la intimidad se fragua la zancadilla y unas acciones o algún puesto con suerte arrinconan la piel curtida del padre labriego.

¡Hambre, hambre de humildad y de sinceridad danos hoy, Piedra firme de la Iglesia de Cristo!

A JUAN,  HOMBRÍA:

Quien por primera vez puso en entredicho tu hombría debió ser un loco o, algo peor, un perverso. ¡Dudar de ti, cuando nunca la imagen del varón pudo ser más representativa! Ahora que lo pienso, tus músculos de acero, esos brazos tuyos achicando y el ejemplo de tu virilidad íntegra, denunciaban demasiado la impotencia de los que solo ven en la mujer una hembra a la que hay que atropellar. Los fracasados, los de las claudicaciones solitarias, las ratas de los cubículos, se han confabulado para darnos una imagen tuya quebradiza, amerengada, de caballerete de novela rosa. Pero tú estás ahí, bravo hombre de la mar y la lucha, la cárcel y el martirio, para proclamar la valentía de ese muchacho y esa chica que se relacionan limpiamente para florecer en el cauce natural del matrimonio.

Muéstrate bien, Juan, para que cunda el ejemplo de tu pureza, la apetencia de hombría.

A SANTIAGO,  DIGNIDAD HUMANA:

Creo que los demás apóstoles habrán de perdonarme la predilección por ti del hijo al que has afanado el don de la fe y que, porque tú lo quisiste, remonta cada día el vuelo en busca de la felicidad.

Tú, Santiago, has galopado sonoramente sobre mis sueños de niño. Por eso, justamente ahora, vengo a urgirte a algo tan anacrónico como una cruzada. No es que vuelvas sobre el corcel; si acaso, sí, sobre un tractor y con un martillo por mango. Porque es la fábrica, y la mina, y el campo quienes están apremiando por la realidad del quinto Evangelio: el de la dignidad de la persona humana.

En el camino que lleva a ese concepto del obrero miembro de tu cuerpo, con tu sangre transvasada a sus venas, hecho tú mismo, queda mucho por recorrer. Es lo que queremos. Esa mano que empieza a embozarse a la antigua usanza me dice que sí, que lo has de hacer. Que así sea.

A FELIPE,  APOSTOLADO SEGLAR:

Sencillo, expeditivo, corazón de ley, en ti, Felipe, hubo siempre ese sentido práctico que da la administración responsable de una familia. De tus heroísmos domésticos hizo Cristo consejo para el milagro del pan y los peces. Con mujer y dos hijas, aún te sobrabas para la conquista de Bartolomé.

Tu hogar nunca supo de despreocupaciones, y en él floreció la santidad. ¿No es suficiente para traerte a los que en el matrimonio o en los horarios buscan una situación de seguridad para retraerse de llevar a Dios a su mundo? Hay que alzar sobre el pavés a esos hombres y mujeres que gritan con sus vidas que la superación no es solo cosa de clérigos y que junto al martillo o la calculadora, la prole o la ventanilla, puede estar gravitando el ángel de un hombre.

A BARTOLOMÉ,  HUMILDAD INTELECTUAL:

Ojos penetrantes, frente ampulosa, hay en tu cara como una serena conjunción de líneas áticas: tu condición de intelectual.

Se te ha popularizado bajo un ángulo negativo -«¿Puede salir algo bueno de Nazaret?»-, cuando la verdad es el reconocimiento de Cristo «He aquí a un israelita en el cual no hay doblez ».

Pedirle a un hombre de costumbres y formación esmeradas que descienda hasta tomar la vida de once pescadores es ya una exigencia límite. Y, no obstante, tú la superaste con la adhesión intelectual a un obrero o hijo de artesano. Veinte siglos después, a filósofos, matemáticos o cualquier rompe-vidrios de laboratorio les bastan dos renglones de sabiduría para hacer girar sobre el «yo» el mundo de la ciencia. ¿Por qué no cuenta en las eminencias grises eso tan elemental como es el reconocimiento de las propias limitaciones? ¿Hasta cuándo el corazón seco y la lente del microscopio sobre la armonía y el milagro de la vida?

Si a la hora de los satélites puedes ejemplarizarla, que sea con la humildad intelectual, que buena falta nos hace.

A TOMAS,  FE EN LO COTIDIANO:

Una mano que pasa por el borde de una herida se mancha con la sangre que fluye. Un dedo que entra en el orificio de una mano vibra con los tendones y las arterias desgarradas. Duro fuiste, Tomás, en el testimonio de los sentidos.

Hay ahora demasiadas cosas que escapan al tamiz de la razón. Aspiramos a darle a todo un germen explicativo, y el árbol nos ha hecho perder la panorámica del bosque. Así ha nacido la filosofía existencial, ese rompecabezas con una articulación tan evidente como es la palabra Dios.

La peseta que el Señor pone cada día en nuestro portamonedas, el pan y la vida, la rosa y el dolor, comulgan en la misma estela asombrosa de la noche pascual. Algunos se asustan ante la palabra milagro, cuando « la cuestión no es que no sucedan los milagros, sino que la gente los llama de algún otro modo» (Green).

A mí y a muchos nos convendría una inyección de fe en lo cotidiano para ver a Dios hasta en el más negro perfil de las horas.

A MATEO,  MORAL EN LOS NEGOCIOS:

El brillo del oro es como las pupilas de la esfinge, que quien las contempla sucumbe a su hechizo. Papini lo llamó «el excremento del diablo» y es así que su dueño arrastra por siempre su podredumbre.

Pero el mito de la fortuna está aquí, hecho carne en la gigante estructura de los negocios, sube que te sube al vértice de los dioses, aunque lo sea sobre la degradación, el lamento o la sangre. ¡Qué no podrá este engendro, que ha hecho circular una moral acomodaticia, en la que se incluye la tregua para sus hechos turbios! Pemán ha escrito que «hay enormes indecencias morales que transitan a los ojos de todos». Nos escandaliza, por ejemplo, un vestido o la ligereza de una cinta, y no caemos en la pornografía de una operación en la que alguien se alza con el cincuenta por ciento. De seguro que así seguirán las cosas; pero al menos tú, que te liberaste, tráenos aquel aire fresco que puso en tu frente el puntapié a las hileras de dracmas.

A SANTIAGO DE ALFEO,  COMPRENSION:

Difícil armonía de judíos y gentiles la que realizaste en los treinta años de obispo en Jerusalén. Para el judío era denigrante el contacto con el pueblo no elegido.

Ahora también, la herencia, el apellido, la posición, obligan a muchos, y en el otro extremo está cortado el paso a nivel con el odio de clases. Hemos dado a la relación un fundamento divisionario, y los juicios ligeros tienen el volumen y la gravedad de un dogma. El olvido no cuenta para cualquier falta que, desgraciadamente, cobre aire público. Quien cae habrá de llevar eternamente su contrición como un estigma, aunque los que le juzguen tengamos una gusanera en el corazón. Que dé gracias Magdalena por no haber nacido en este siglo.

La felicidad, eso tan hermoso y subyugante, puede que tenga en su frontis el «no juzguéis y no seréis juzgados», pero, desde luego, empieza por una hoguera de caridad y comprensión.

A JUDAS TADEO,  ANONIMATO:

 

No sé que tal ha de sentarte eso de que yo escriba haciendo tabla rasa de tu bella historia. Me gusta verte así, con gesto corriente y moliente, con facciones de hombre vulgar, y creo que lo has de pasar bien dialogando sobre los "Juan Nadie" del mundo, esas criaturas que ya oscuramente en el tranvía leyendo el periódico, y un buen día, zas, lo cierran y se encuentran en la misma cara de Dios, porque resulta que les ha llegado su hora, y a lo "calla callando" han cumplido con su deber.

Creo que las palabras de Cristo son como son, y no como esas cosas que se dicen y luego ocurre que donde dice digo debe decir Diego. Así con aquello de la mano izquierda y la derecha. Cualquiera de nuestras buenas acciones dispone ahora de todo un servicio de publicidad privada. Que García da para antibióticos, ya está la radio aireando su nombre. Y así, alrededor de ese otro hombre, en cuyo secreto de caridad solo Dios participa, se ha creado un complejo de estupidez a los ojos del mundo, que únicamente la vuelta al sabor evangélico del silencio puede rehabilitar.

¿Comprendes ya, Tadeo, por qué quiero insistir en tu condición de hombre corriente y moliente?

A SIMÓN CANANEO,  UNIVERSALIDAD:

Te llamaron Celote. Los celotes eran una bandería política de tu tiempo, un nacionalismo de los que tanto abundaron siempre. Está visto que partidismos serán el lastre que ha de llevar la humanidad de por vida. Ayer y hoy, el horizonte de una raza u de una agrupación está limitado por ríos y cordilleras.

Pero ser celote entonces era un progreso hacia la libertad mínima. Ahora carecería de vigencia. La civilización pide ya acabar con la sangría y el tira y afloja de las invasiones, y nada mejor para sobrevivir que una evolución de las mentes hacia lo universal. Pero resulta que esta aspiración es también el fundamento ecuménico de la Iglesia. Muchos estamos descubriendo ahora que las metas europeistas y de unión estaban ya preconizadas por los Papas.

El ideal, pues, ha de acelerarse a medida que se clarifiquen las ideas. Tú,  Simón, aboga por la universalidad. Si no, toda esa ilusión de átomos domesticados, conquistas biológicas y bienestar social quedarán prendidas en la tela de araña de las fronteras, y hasta en el nacionalismo de cincuenta centímetros cuadrados que es el hombre.

ANTE JUDAS ISCARIOTE:

No vengo, no puedo venir a ti, con una oración, más que por la imposibilidad teológica de una plegaria, porque tú has cercenado todo diálogo. Me aterra, Judas, la muralla que has antepuesto a tus ojos, ese telón de denarios que voluntariamente has echado a tu mundo. No hay en tu infancia fatalismos ni situaciones clave que te abocaran a la catástrofe. Tú, como todos, tuviste en Keriot una madre que posaba sus labios sobre tus sienes con fiebre, y viste en los ribazos una eclosión de malvas y siemprevivas. Pero un día se te colocó ante la frente cierto pedazo de oro con un perfil coronado de mirtos, y le tuviste en la mano mientras la uña pasaba, una y otra vez, por las incisiones del borde.

Y eso fue todo: la codicia echó el cerrojo a tu caos interior. El beso de Cristo, la mano taumatúrgica y su palabra cautivadora te llegarían luego como de un cosmos lejano y quimérico. Por eso, al mirarte, parece como si una voz repitiera con machaconería:

« egoísta, egoísta, egoísta….».

www.amigosdelolo.com, 07/07/2009