Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

Fundación Beato Manuel Lozano Garrido
Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
"El periodista es catedrático en la universidad de la vida" (Beato Lolo)

«De lo que nunca se cansa un padre es de partirle el pan a los hijos»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Premios Lolo de Periodismo Joven

Laura M. Otón, IX Premio Lolo de Periodismo Joven Irene Pozo Hernández, VIII Premio Lolo de Periodismo Joven José Beltrán Aragoneses, VII Premio Lolo de Periodismo Joven Cristina Sánchez Aguilar, VI Premio Lolo de Periodismo Joven Laura Daniele, V Premio Lolo de Periodismo Joven Samuel Gutiérrez, IV Premio Lolo de Periodismo Joven Pedro J. Rodríguez, III Premio Lolo de Periodismo Joven Pablo J. Ginés, II Premio Lolo de Periodismo Joven María Gómez Fernández, I Premio Lolo de Periodismo Joven
Segunda edición del libro inédito del beato Lolo

En el año de la fe: Lolo y el Credo

“Retomar y profundizar las verdades centrales de la fe sobre Dios, sobre el hombre, sobre la Iglesia, sobre toda la realidad social y cósmica, meditando y reflexionando sobre las afirmaciones del Credo” (Benedicto XVI, 17 octubre 2012)

En el año de la fe, seguimos uniéndonos al camino de reflexión sobre el Credo, al que nos llama la Iglesia. Tras publicar las catequesis impartidas por Benedicto XVI, publicamos hoy este profundo documento con reflexiones y escritos de Lolo, meditando y reflexionando  sobre las afirmaciones del Credo.

Un regalo que brindamos a todos los amigos de Lolo, para ayudaros a profundizar las verdades centrales de la fe. Una fe vivida y transmitida con infinita alegría por nuestro querido amigo y beato Lolo.

CREO

Fe

Te suplicamos, al par, la fe; una fe colosal, como de incendio cósmico ¡Sálvanos, Señor, que perecemos en la sin razón que te niega! ¡Que nos asfixia la angustia existencial! ¡Cómo no han de derruirse tantas obras, si están sobre el fatuo castillo de las quimeras egoístas!

(Revista Linares, diciembre. 1954)

EN DIOS PADRE…

¡Qué misterio el de la ternura que hasta en los  Pájaros la ha puesto! Porque es Padre, a cada hombre le llena de amor la vasija de su corazón. Y aún le sobra para repartirla a las aves y pincelar el cielo.

(Bien venido, amor, nº 62)

-“¿Cómo es Dios?”

-“Dime primero que Padre, y ya después lo que quieras”.

(Bien venido, amor, nº 71)

No estaremos muy lejos del secreto de Dios si le pensamos mirándonos con ojos empañados por la ternura.

(Bien venido amor, nº 72)

Nuestro Dios es un padre con fiebre de amor, que es la más hermosa calentura.

(Bien venido, amor, nº 74)

No hay ni un cabello nuestro que no tenga encima el temblor de una caricia de Padre.

(Bien venido, amor, nº 75)

CREADOR…

Las estrellas no arden con el intenso fuego que el espíritu amoroso del Creador.

(Bien venido, amor, nº 54)

La Creación y la Redención son dos fuentes de vida y de sangre, los dos más grandes y hermosos frutos del amor de Dios.

(Bien venido, amor, nº68)

Las estrellas tiemblan porque todavía guardan la profunda emoción de Dios cuando las iba creando.

(Bien venido, amor, nº 95)

El soplo de Dios era el hidrógeno

Hay hombres que se pasan la vida combinando cifras y sólo les queda una leve paga de jubilado. A Einstein, un número, tres letras y apenas un signo le llevaron a esa fórmula maestra    -E=mc2-    que se sitúa en la médula de la ciencia actual. El fruto del gran judío melenudo hay que ponerlo, a su vez, como espina dorsal de las teorías que dan consistencia al desarrollo sistemático del mundo. Energía, masa y aceleración se confabulan misteriosamente en aras de ese portento que es la vida humana ambiente.

Que la Ciencia y la Religión se complementan como dos gemelos, lo confirman las hipótesis y los descubrimientos que dan pie al comienzo del mundo. Todas las suposiciones y logros de los sabios tienen antepuesta "la nada" como un valladar infranqueable. La sabiduría especula por fuerza desde una evidencia posterior, dejando a la Fe la piedra angular de un Universo cuya puesta en marcha sólo encaja en el plano de lo Superior. Y es curioso cómo el mundo arcaico y científicamente nulo de los profetas y ese otro actual y preciso de los laboratorios ensamblan sus puntos de vista sobre el origen del mundo.

Las Sagradas Escrituras nos hablan de unas aguas o abismos primitivos que fueron fecundados por el Espíritu de Dios. Moisés concreta el primer gesto del Ser Supremo en un poderoso aliento al hilo de su "hágase la luz" generador. Esta visión poética se corresponde con la arquitectura que da la Ciencia. Su especulación parte ya de un principio inexplicable. El mundo marcha desde una colosal nube de hidrógeno  -el átomo más simple- preexistente, desperdigada por el espacio. En ella había de contenerse la materia de la que derivarían las otras cosas.

Parte de esta masa gaseosa empezó a contraerse en otros volúmenes, dando ocasión a grandes cantidades de calor. Cada uno de estos volúmenes se correspondería con una galaxia, germen a su vez de una tremenda agrupación de estrellas posterior. El tamaño de estas galaxias podría ser el de cien billones de estrellas.

Durante este proceso, la energía de gravitación consiguiente estaba libre de ser aplicada al calentamiento de otras masas más reducidas, que se apuntan como raíces de las estrellas. La nueva congestión de astros sólo alcanzó a una cuarta parte del gas de galaxia. Posteriormente seguirían -y aún siguen - otras contracciones que habrían de motivar las edades de los astros.

(Cruzada, enero-febrero 1960)

CREO EN JESUCRISTO, SU ÚNICO HIJO…
QUE POR NOSOTROS LOS HOMBRES…
NACIÓ DE SANTA MARÍA, VIRGEN…

¡UN BELÉN ATÓMICO!

A mí, que siempre he sido un entusiasta de la precisión histórica, me sentó mal el día en que mi hermano menor colocó en el portal un vendedor de globitos de feria. Si no le hubiese detenido también habría encajado su tanque oruga, la pistola interplanetaria y hasta las vías del tren eléctrico. Sin embargo, confieso que ahora mismo he pensado con cariño en un Nacimiento con repartidores de periódicos, mecánicos y hombres de hatillo y carburo. Porque Cristo nace, vive y muere cada día y siempre, unas veces entre túnicas hebreas y ahora mismo junto al obrero que trabaja en el “ciclotón” o el que golpea el remache de una lavadora. Entre tantas cosas bellas, cuenta también en la Redención el eterno sentido vigente que gravita sobre ti, sobre mí y sobre ese chaval que mendiguea en una noche de nieve. Belén puede tener una actualidad de cuatro cifras y los niños la misma necesidad de Dios bajo una trenca o la leve camisilla deshilachada.

(Cruzada, octubre-noviembre 1958)

Si Cristo naciera hoy…

Cristo, es verdad, nace todos los días. Desde la Cruz del Sur a la Siberia no hay coordenada, ni minuto, en que no se haga exacto su natalicio en una misa. Más que venir cada día, Cristo, con su carne y su sangre en los sagrarios, tiene una permanente natividad de veinte siglos. Si aun andamos entre la vida y la muerte, si no se dio todavía el “hombre nuevo” necesario, es porque voluntariamente trabamos nuestros pies en ese paso de comer su carne para hallar la Vida. Y es que, en el fondo, tenemos bien hipotecada la fe. “Si no viereis milagros y prodigios, no creeréis”.

(Cruzada, diciembre 1955)

LETANÍA A LA VIRGEN

Santa María de las Cosas sin Brillo,
la cadera dolorida por el cántaro,
el equilibrio de los jornales,
la ropa vieja, siempre zurcida y limpia;
crécenos el gozo de los pasos sin nombre;
que gustemos el vino dorado de la copa de los Juan Nadie,
con el eco circunscrito a un espacio de cristal,
saludados con normalidad, sin recargos de intereses o fama.

Reina de las Horas Gemelas;
a las doce, el cocido;
a la tarde, la cartilla de Jesús;
a la noche, el salterio con José y el Niño;
-ven, rasca una cerilla de Fe y enciende la hora justa de la medicina,
el cliché ya gastado de las criaturas habituales,
los minutos sin ilusión, con un futuro de nubes arracimadas.

Elegida para las Misiones con Sordina,
Madre sin canastilla,
Maestra con un abecedario de silencios,
Redentora sin Evangelios;
-te pedimos nos acerques la lima de las humildades,
que nos desbastes nuestra hueca vanidad de elegidos;
que sintamos la cosecha de fango y de soberbia
como un martillo pilón sobre los hombros
y a Dios escanciando su sangre de oro sobre las palmas vacías.

Dama de Honor de los “Inútiles”,
la que SOLO “estaba” al pie de la Cruz, sin milicias,
ni abogados ni recomendaciones a jueces;
sin más trinchera que el palmo de las sandalias;
-ruega por los que nunca recibirán el sobre de fin de mes,
los condenados a no ganar un duro con el sudor de llevar una maleta,
los hombres de “carga”, sin tarea de ladrillos o folios a máquina.

Corazón de acero,
“Recordman” del sufrimiento, con el dolor sin estrenar de todos los nacidos
 y la pena como una badana de hierro que se contrae sobre las palpitaciones;
-te pido que nos consigas la mansedumbre en berbiquí,
metida en la pulpa de los lamentos, en el desgarrón que nos cuaja
en anuncio de analgésico,
en el martirologio de las ideas fantasmas.

Madre de la Cruz sin tiempo,
con Niños Perdidos en Hiroshima y Agadir;
con hijos en camas de esmalte, crucificados entre hidrácidas,
o en Vía-Crucis de productividad y semáforos;
-te digo que deseamos vivir en ascua nuestra evidencia de hermanos;
que rebatiñes todos los dolores del mundo
y, con tu ayuda, nosotros los sorberemos necesariamente
como el vaso de leche o la pócima,
para que se agote la especie de la queja y la angustia.

Llave Maestra
Señora sin Misterios, con fórmulas:
en la aguja el hilo de una vida y bordando bien al derecho y al revés;
con la clave de Dios en todos los rompecabezas;
-mira este grandullón que se acerca como un niño en estropicio,
con su crucigrama en blanco y las palabras dolor, silencio, tristeza y amor
para llenar con gracia los cuadros horizontales y verticales;
-haz que palpemos la cara redonda de Dios
en las culebrinas de las articulaciones, en el desahucio de los médicos,
en la fortuna de espaldas, como un colegial enfurruñado.

Virgen del Mosto en las Pupilas,
la maternidad, lagar; la Cruz, lagar; la soledad, lagar…
las lágrimas cuajadas en dulzura, como las gotas de un fruto recién partido,
-engrásanos de ternura las palabras que chirrían,
la puerta mohosa del corazón,
las vidas estupendamente envaradas como palos de cucaña.

Santa María de los Nombres Brillantes como un cielo bruñido,
Cascabel que late,
palmas hacia arriba, abiertas con lluvia, con sol, con esperanza,
cristal bañado y pulido, gota de sangre con sonajero,
desierto con puentes y rumores, lengua de lira en salmo,
miga y gozo de cada día, multicopista de todas las maravillas;
ante Ti se derrumban los vasos de arcilla del mundo.

-Oye, pues, el S.O.S. de las criaturas sin celo,
con lacra, con cicatrices.

Toma nota y fíjate;
pedimos la alegría, la esperanza, la pureza y el sacrificio;
queremos la soledad fecunda, adorar y ser reconocidos.

Y, como cumbre del ansia, arráncanos la bondad
hasta llegar a una perfección “Standard”;
santos a manojillos: los municipales, las mujeres que van a la compra,
las mecanógrafas, las telefonistas y los pobres hombres en sillón de ruedas.

(El sillón de ruedas, p. 311-315)

Las 12 y diez

Estoy junto al pesebre; y María también. Te miro a los ojos, mi Pequeño divino, y siento que una ola muy dulce y caliente me sube hasta la garganta y se derrama por los míos. ¿Qué has visto Tú, manecitas de nácar y de rosas, mejillas de serafín, tintín de sonajero, pupilas de azul de mediodía; qué has visto Tú, te digo, en este hombre de garlopa para haberle encaramado a este clima de predestinación y de gloria? ¿Qué pude hacer en la vida para merecer ver esa fuente clara de elaboramiento que María, desde su ánfora virgen, derrama sobre mi cabeza? ¡Ay, mi Niño, de qué manera me has hecho un loquito de Ti y cómo te voy a tener de cerca en la carpintería hasta que sea un hombre y te nos vayas luego para construirle a todos en el alma el alero de la salvación…!

(Del “Diario de S, José”, Prensa asociada 21-XII-1962)

Si Cristo naciera hoy…

Cristo, es verdad, nace todos los días. Desde la Cruz del Sur a la Siberia no hay coordenada, ni minuto, en que no se haga exacto su natalicio en una misa. Más que venir cada día, Cristo, con su carne y su sangre en los sagrarios, tiene una permanente natividad de veinte siglos. Si aun andamos entre la vida y la muerte, si no se dio todavía el “hombre nuevo” necesario, es porque voluntariamente trabamos nuestros pies en ese paso de comer su carne para hallar la Vida. Y es que, en el fondo, tenemos bien hipotecada la fe. “Si no viereis milagros y prodigios, no creeréis”.

(Cruzada, diciembre 1955)

FUE CRUCIFICADO, MUERTO…

Las palmas de Cristo están consumidas por los dos boquetes de la donación redentora. Por un cuenco con agujeros, ya se sabe, no queda nada, se derrama todo, la riqueza de Dios, el amor, la gracia, la felicidad y la gloria se vierten por esos dos manantiales de titán, con Cristo, lo que triunfa es la puerta abierta sobre el cerrojo, las sandalias sobre el borceguí, la caricia sobre el mordisco. Con el amor hecho lluvia, con el paso leve, con el brazo sobre los hombros está asegurada la fecundidad, el camino adelante, la hermosa fraternización de las criaturas.

(Prensa asociada 17-IV-1962)

VIERNES SANTO

Estoy en la terraza, casi a las doce, a una hora en que, Señor, pienso debiera ser también aquella otra de tu despojo. Ya, Cristo, estás casi desnudo del todo para que no queden equivocaciones. Sangre y costillas al viento, nada más. No te queda otra cosa que el corazón y dentro de un rato te harán una raja, que ha de ponerlo a mano de cualquier raterillo.

Hoy, Señor, yo también ante Ti, con una mano de rapiña. Estás solo, tremendamente abandonado, como Tú mismo lo dices en la palabra del día, sin guardaespaldas, y, lo que yo te haga, sea lo que sea, ha de quedar también impune. Seguro que, si me acerco, y te robo, nadie me lleva a la comisaría. Y mira lo primero que hago es aprovechar la oportunidad y hacerme de tu corazón. Noto, por eso, que la mano se me escapa hacia las costillas. Bueno, pero si resulta que estoy temblando, ¿Que para qué quiero el corazón de alguien que entra en agonía? Es que, mira, te ve uno así por nosotros... Y el nuestro sí que se siente muerto… ¡Te venimos pidiendo siempre tantas cosas...! Pero Tú, Señor, no atiendas otra petición que la de agrandarnos el pecho. Fíjate en la civilización de nuestra hora; la de los hombres con cabeza de elefante y corazón de tortuga. Y, en realidad, lo que únicamente vale es el Amor.

(Cuatro días en rojo, Enfermos misioneros, marzo 1967)

Verónica…

Hoy, Verónica está morena de río, tostada por un sol que huele a azahares. De madrugada oyó un tumulto y se fue tirando del lecho, para ver por las rendijas del balcón la blanca figura del Hombre acorralado. Cuando se alejaron, allí, en las tinieblas, se puso a recordarle de antes y le vio dulce y serenamente erguido en el monte, como un nardo que se toca de gotas de rocío. Pensando en lo que dijera, se le iba quedando en el corazón una espuma de palomas torcaces, violetas y lirios.

La almohada le hería como la piel de un erizo. No pudo más y sus pies fueron saltando entre las tinieblas como un pichón que anda de primeras. Levantó la tapa del arca y un cálido vaho de manzanas le dio en las mejillas. Palpó bien poco, porque se sabía la esquina de la sábana novial.

Al salir, el cielo estaba reventando de estrellas nacaradas y la brisa traía una dulce humedad de acequias evaporadas.

El alba, blanca, le acarició la cabeza, doblada sobre el río. Sus manos y su lienzo de misión se tiñeron de espuma. Sol sobre ella, llevando sobre la sábana puesta a secar encima de una alfombra de amapolas y margaritas. Blanca, blanca, la mañana. Lentamente, casi con unción de un rito, la fue plegando y, con ella sobre su corazón, volvió por un camino excitado de sicomoros, de cara a la ciudad, extendida como un manto.

Los reyes visten de púrpura; de blanco, las gentes sencillas. Las ciudades, como los hombres: rojo, morado o blanco. Lo mejor, el blanco. Si tenemos siempre puro el corazón, serán también dulces y cándidas nuestras sensaciones. ¡Oh, Jerusalén! ¿Por qué tienes tinieblas bajo el sol, si te han encalado las casas en la mañana de fiesta? ¡Jerusalén oscuro, torcido, sinuoso, vestido de almagra en la maravillosa mañana de un único domingo infinito!

Verónica está sobre el borde de una acera y mirándose a las manos blancas, dulcemente semiabiertas. Los hombres que pasan tienen sus rasgos propios, pero el odio le pone a todos una mascarilla de colores tenebrosos. Sean como sean, sólo dan la cara sus oscuras bajezas: Unos están lívidos de rencor; otros, negros de corrupción. Verónica lo nota y le gustaría punzarles el cuello y acarrearlos al río, para que se vieran y se lavaran la suciedad en la corriente del agua; mas calla. Pasa un gavilán; otro con cara de lobo; ése croqueando como una corneja.

Y, de pronto, el Hombre sin rincones, el Nardo tan gigante que tiene la cintura abrochada de estrellas. Viste de un rojo líquido; le visten, porque su carne sigue oliendo a nardos.

— “A ver sus ojos, quiero verle sus ojos”.

La cara de Jesús… ¿Dónde está  el tibio rubor de sus mejillas y la serena amplitud de su frente, o el dulce murmullo de sus labios? ¡Mañana ésta de Viernes, de tan contradictorias mascarillas! Nosotros…, bueno; pero ¡Él…! Ahora lo recuerda: “no es lo que viene de fuera lo que nos ensucia, sino lo que sale del corazón”, le escuchó un día. Dolerán los latigazos, pero ¿qué herida no tendrá Él que tanto hablaba de la mirada limpia y hasta exigía arrancarse los ojos turbios? Ayudarle, se le ayudaría quitándole la Cruz de los hombros, pero la única y verdadera compasión sería aquí romper el sello de su cara mancillada y que estallase su gracia abierta en las mejillas, como un amanecer.

Ahíto de sol, el lienzo de Verónica se agita y se abre con apresuramiento de palomas alborotadas.

Pero ¿a dónde vas, mujer, entre tantos hombres con manos de cuervo?

Se acerca,  se acerca y, de pronto, la cara de Jesús se esponja a la caricia del lienzo, y todo se hace momentáneo.

Por la calle, ahora, se aleja el tambor, el ulular de la muchedumbre y los cascos del caballo. Sólo Verónica permanece sobre la acera, como la gaviota que tiembla en húmeda ternura al prodigio de las manos que se le convierten en relicario. Aunque no viese la imagen en las fibras del lino, su latido está allí mismo, cálido, dulce, doloroso.

Con este lienzo lo que Verónica va hacer es una bandera. Cortará una rama de pino o lo que sea y se subirá al terrado más alto, para que los hombres  la vean escandalosamente limpia, como un recordatorio de lo que deben y tienen que ser los hombres, los pueblos y la vida. Te pongas el traje que te pongas, actúen o no los barrenderos, tú, hombre, mira transparente al empleado de una ventanilla, al cobrador del sastre,  a la mujer con que te cruzas por la acera o al vecino que te “carga”, y piensa o decide con la misma virginidad. El corazón, sencillo; tu ojo, humilde; tu palabra, leve y rumorosa como un arroyo; tus manos, como una rosaleda oreada por el viento. Irás así por la calle y notarás semáforos o anuncios luminosos, pero la plaza del pueblo, la gran avenida, los hombres que firman en el libro de registro y los que montan los ascensores sentirás que, a lo largo del día, se te arman iluminados, para que veas siempre en ellos el hermoso perfil estampado en el lienzo de Verónica.

(Diario Jaén, 19 marzo 1967)

 Tres actitudes ante la presencia del dolor:

- La de aquél que aún no ha ido más allá del escozor  de su herida:

“Dios me ha quitado…”.

- La del que acepta, sin entrar en su espíritu de actividad santificante:

“Dios me ha pedido…”.

- Y la de aquél que, comprendiendo el valor comunitario del sufrimiento, se da de lleno al ideal de redención:

“Señor, te ofrezco…”.

(Las estrellas se ven de noche, p. 110)

MUJER: HE AQUÍ A TU HIJO

Quiero que vayáis por la vida con los brazos por los hombros los unos de los otros; que tengáis siempre en las yemas de los dedos una cordial sensación de paso por la frente de un niño; y que el corazón lo sintáis siempre fresco, holgado, flexible y dulce. Mi deseo es que la ternura, la pura, hermosa y fragante ternura humana, la vistáis todos desde la mañana a la noche  como se pone uno la chaqueta o los calcetines. Cuando llora el hijo de mantillas, vuestra mujer le toma en brazos y  se le esponja el corazón. Y es que una madre es una cosa de la que sale como fuego, como azúcar, como serenidad, como dicha y como alegría. Os voy a hacer un seguro de ternura para siempre. Porque quiero que, con canas o barba cerrada, tengáis  junto a vosotros un corazón que se esponje cuando os tire de los párpados un ansia de llanto.

Estaréis pensando que lo que digo es bonito, pero difícil. Y no; ea, os doy a mi Madre, que tiene el corazón como un montaña, y… se acabó. A ver si no llevo razón. Y como os la doy a todos, todos sois hermanos y, hala, a amaros como hermanos. ¿Estáis contentos?

(Vida nueva 14 de abril 1962)

No es que a la pasión de Jesús le falte algo, pero estar sufriendo y mereciendo personalmente, no estuvimos en las horas del Viernes Santo. Y eso es la Iglesia.

(Bien venido, amor, nº 1000)

MUERTO…

No te mueras, Cristo de la Misericordia. Quédate así y nosotros contigo.

Vive para siempre de este modo, con tu dulce aire compasivo, con tu doble mirada acariciante. No abras tanto el costado, que da escalofrío verte tanta ternura palpitando. Si aceptas, te quedarías siempre amando y redimiendo, y nosotros apagaríamos la luz de las calles y encenderíamos sólo las antorchas para que se vieran bien tus pupilas; llenas  de gracia y de compasión, el prodigio de tu inocencia. Queremos vestir de saco en la  noche, andar descalzos por los adoquines, llevar ásperos maderos sobre los hombros para descargar de tu alma la tremenda agonía de la Pasión. Quédate, aquí Cristo, nuestro hermano grande, que nosotros repartiremos entre todos, con alegría, tu dolor  de esta hora.

(Cuatro instantáneas de la Pasión, Diario Jaén, 1964)

La Redención es el más abnegado acto de caridad de la justicia del Padre.

(Bien venido, amor, nº 69)

RESUCITÓ

No hay notario que pueda dar tanta fe de una promesa como Cristo, con su vuelta a la vida.

(Bien venido, amor, nº 985)

CREO EN EL ESPIRITU SANTO, SEÑOR Y DADOR DE VIDA…

Un préstamo: déjame tu corazón por los tres, nueve o quince años que pueda vivir todavía.

Tu corazón, no para el egoísmo de hacerlo todo fácil, sin esfuerzo, sino para hacer bueno ese deber que es amarte a tu medida; que me da pena ver lo gigante que eres en eso el amor y el corazón de ratoncito que tenemos nosotros a la hora de corresponder.

(Prensa asociada 27-XII-1965)

En la Creación Dios nos da nuestra vida; en la Redención, la Suya; y en la Santificación, la nuestra y la Suya a la vez.

(Bien venido, amor, nº 986)

Los milagros que no se ven son Espíritu Santo.

(Bien venido, amor, nº 890)

El Sagrario del Espíritu Santo está en los corazones.

(Bien venido, amor, nº 993)

EL ORIGEN DEL FUEGO

Los hombres, ahora, nos sentamos en las sillas metálicas de las Agencias y minuto a minuto vamos copiando, con machaconería, los nombres de Eisenhower, Jruschef, Adenauer y Macmillan. Todo el ancho ritmo vital de pulsos, sirenas, hoces y martillos parece que no tiene otro cauce que ese embudo estrangulado que se llama “política”.

Y, sin embargo, si permaneciéramos fieles a la misión de sincronizar el nervio de los acontecimientos, la cinta acusaría este cundir palpable y enorme del fuego de Dios, que va arraigando en los desiertos, las selvas, las grandes cumbres y las factorías como un ansia del amor de Dios por enriquecer el espíritu del hombre. Con más verdad que la constitución de un “cartel” o el anuncio de una conferencia de alto nivel se podría hablar de la actuación espectacular del Espíritu Santo y sus portentosas realizaciones. Un día es un pobre sacerdote que arranca miles de vivencias a la muerte fría de un niño, u otro que restaura el clima de hogar de unos desplazados; los más, en silencio, es una monja que se contamina investigando la lepra, el obrero que al doblegarse sobre la laminadora contagia un fulgor desconocido o el que tapia dolorosamente en los lagrimales la petición hambrienta de sus siete hijos. Y así, cada segundo, sin que caigamos en su categoría de portento, el hálito fuerte de Dios va pasando como un meteoro dejando un rastro de almas incandescentes.

(Cruzada, febrero 1960)

CREO EN LA SANTA IGLESIA

Fortaleza.

El dolor tremente y la tortura de los mártires se dilata hoy en la Iglesia aherrojada. El mundo es ya como un inmenso clamor de tormento. ¡Señor, que los del silencio sean fuertes en la confesión de la fe! Para nosotros, esa no menos necesaria fortaleza para vencer la tentación en acecho.

(‘Linares’, diciembre 1954)

La Iglesia es la gran locomotora que administra la fuerza motriz de la redención de Cristo. La energía de la Pasión se escancia por todo el convoy de  nuestra fraternidad en Él, y el dolor es la gran acequia de gracia de nuestras circunstancias personales.

Con la gran palanca del sacrificio y la plegaría se puede estar, y se está, en el quehacer apostólico de todos los hombres. Un solo ladrillo puede ser el punto de apoyo para hacer rodar el mundo por la ruta de la fe.

(Todos somos elegidos, p. 28)

Iglesia: emocionante “marathón” que portea, en relevos, el corazón viviente de Cristo.

(Bien venido, amor, nº 997)

Pedro-piedra ¿un “duro” al frente de la Iglesia? Todo lo contrario: la ternura del “¡Tú sabes, Señor, lo que te amo”, como roca angular de la Comunidad del Amor.

(Bien venido amor, nº 998)

Habla siempre, madre Iglesia, y aun con energías, que tú nunca hieres, porque tu voz es dulce e inocente como la de un niño.

(Bien venido, amor, nº 1003)

“-¿Qué necesitas, hombre?”.

“-Saber darme y elevarme”.

“El pan y el agua de tu hambre y de tu sed se  llaman Iglesia”.

(Bien venido, amor, nº 1004)

Vistes túnica de sol y te ciñes el cabello de azucenas; tienes un ascua en la frente, un  manantial en la boca y un pájaro en el corazón; y eres una doncella virgen y madre, a la vez,  de casi infinitas gentes: te llamas  -te llamamos- gloriosamente Iglesia.

(Bien venido, amor, nº 1005)

CONFIESO QUE HAY UN SOLO BAUTISMO

La Santificación es un Evangelio que se escribe con testimonio de vidas ardientes.

(Bien venido, amor, nº 989)

CREO EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

CREDO DEL SUFRIMIENTO

CREO  en el sufrimiento como una elección
y quiero hacer de cada latido
un sí de correspondencia al amor.

CREO que el sacrificio es un telegrama a Dios
con respuesta segura de Gracia.

CREO en la misión redentora del sufrimiento.
me acercaré a quien sufre,
como al relicario que guarda el “Lignum-crucis” de la Pasión.

DOY  un margen de fe al dolor
en lo que tiene de poda necesaria
y viviré en silencio mi hora de germinación,
con la esperanza a punto.

CREO en la  función útil de la soledad.
Los pantanos se hacen en las afueras,
para recoger la fuerza del agua
y luego devolverla en luces y energía.

CREO que la acción y el sacrificio cristiano
se traban como la cera y la lumbre de un cirio.
Cuanto más pura es una inmolación
tanto más resplandece su testimonio.

CREO que la inutilidad física
revierte en provecho  espiritual de todos.
El arco iris de la Redención
se tensa desde la inmovilidad de un niño
hasta la invalidez que dan los clavos de una Cruz.

DARÉ  a Dios los panes y los peces de mi corazón
para que Él los convierta
en milagro de Salvación para todos.

ÁRBOL de Dios, con raíces y ramas,
viviré con las rodillas atornilladas
y las manos metidas en las  estrellas,
encaramando nuestra savia
y porteando hacia abajo la cosecha de la Gracia.

(Cartas con la señal de la Cruz, p.202)

EL CAPITAL SE CRECE

En esto consiste el tesoro del dolor santificado. Cada cruz sobrellevada con espíritu sobrenatural, un filón. Y claro, lo que tiene su valor, tiene sus posibilidades adquisitivas. De aquí la riqueza apostólica del sufrimiento. Dios es como un gigantesco portamonedas, que va recogiendo la perra chica que cada uno le aúpa esforzadamente. Como tiene un corazón de fuego, todas las ganancias humanas las pasa por el crisol de su cariño y de su sangre y resulta que quedan convertidas en piezas de dieciocho quilates; como sus grandes, hermosos y dulces ojos todo lo ven desde allá arriba, a lo mejor nota que un misionero camina fatigosamente por la selva, que la ignorancia o la superstición amurallan la palabra, o que cualquier criatura vive una hora de pesadumbre, y ¡hala!, saca una monedita, y la deja caer sobre su alma y el misionero nota un viento leve que le empuja los pies con ansia, las cabezas crepitan de luz, y los hombres viven la esperanza.

Las rodillas en suelo además, las lágrimas o las quejas acopiadas en Chile o Portugal se comban sobre el cielo y, a través del prisma de Cristo, abren o derrochan su arco iris de colores sobre el Japón, Tailandia, Mozambique o Guinea. El “hágase tu voluntad” de una pulmonía, una artritis o una lesión pulmonar, son granos de trigo que se clavan y se pudren sobre los surcos del alma de las ciudades para hacerse espigas gallardas en los corazones de seres con piel de ébano amarillas o cobrizas. Una mujer, un hombre o un niño han de vivir inmóviles aquí con la cabeza entre las almohadas, o sentado detrás de los cristales, y su quietud se hace fuerza y turbina de pantano que fluye  por el espíritu de las gentes. Esta es la colosal potencia de la oración y del sufrimiento, la escalofriante realidad del Cuerpo Uno, que se nutre y se vitaliza entre sí. De aquí la gran riqueza de Pentecostés y la importancia de esta contabilidad espiritual que la Iglesia cumple en esta fecha con toda puntualidad. Ni el Ave María de una monjita, ni el gesto contenido de una niña que toma jarabe ni la gota de sudor que arrancan a la frente las dudas del médico, quedan sin la floración misionera que le corresponde.

(Un Plan Marsahll que se llama Pentecostés, Pueblos del 3º mundo, mayo 1971)

CONFIDENCIAS DE UNA CAMA MISIONERA

Bien venido. Sí, te esperaba. Desde que llegaste y has empezado a colocar las cosas en la mesita de noche, ya supe que nos entenderíamos. Llegar a un hospital es siempre una circunstancia de preocupación y de tristeza. Aquí estoy yo, tu cama de enfermo, para ayudarte en estos momentos a dar sentido a tu vida, a aligerar tus preocupaciones y miedos, abriéndote un horizonte de esperanza.

Como una familia

Verás. Entre tú y yo habrá desde ahora una relación muy estrecha. Al fin te alejarás, pero el recuerdo de estos sucesos quedará grabado siempre en tu memoria. Mucho antes de que vinieras a la sala, ya me llegaron tus noticias cuando la hermanita estuvo colocando las nuevas sábanas. Ahora te recibo con la más sincera cordialidad, porque sé que vienes sufriendo y más aún sufrirás en estas fechas. Estoy aquí para hacer tu dolor lo más leve posible, y mi amistad, por tanto, te la ofrezco como una ayuda.

Es curioso: los dos nos compenetramos tanto en estos días que al final me desgarrará la separación.  Sucede siempre lo mismo. Antes que tú, durmió aquí un hombre que padecía de unos tremendos dolores de nefritis. Él sucedió a un niño al que tuvieron que operar de apendicitis y éste a un viejo con hernia. Con anterioridad, estuvieron un muchacho con úlcera, otro con endocarditis y así sucesivamente. Uno era conductor y trabajaba en una empresa de transportes de la ciudad.  Otro, estudiante de bachillerato, y hubo uno que vino de cierta aldea, donde se encargaba de las faenas del campo. Con distintas fisonomías y enfermedades, con diversas procedencias y ocupaciones, puedo decirte que un algo muy sincero y emocionado los unió a todos aunque no se conocieran, como si formaran una sola familia. Me cabe la alegría de saber que yo fui el lazo de unión y estuve en esa fraternidad y en esos sentimientos fervorosos que vivieron todos en su día. Voy al grano y te digo lo que de común hubo entre aquellas criaturas: todos sufrieron en una cama.

Iguales pero distintas

Mírame despacio y mira, también, a las demás camas de la sala. Como verás somos todas idénticas, con el mismo metal, la misma forma, la misma pintura. Salimos juntas de la fábrica, hicimos el mismo itinerario y aquí estamos, a la vez, alineadas en esta inmensa habitación. Lo que a mí me da un sentido especial es que soy una Cama Misionera.

Una Cama Misionera es una distinción que me honra a mí y a todos los que conmigo se relacionan. Desde que Cristo sufrió, el dolor es santo y valioso, salvador y fecundo. La salvación que Él nos trajo es para todos los hombres y de todos los tiempos, pero también nosotros tenemos que estar presentes en la ofrenda, como cuando se quiere hacer un regalo de boda a un compañero y pagamos a escote la caja de cucharillas.

Aunque los méritos de uno sean escasos, Cristo junta los suyos y a ver quién puede decir que nuestro dolor no sea ya oro de catorce quilates. Sobrellevar una prueba, o no rebelarse contra los sufrimientos del día, supone un mérito del que Dios dispone para bien de otras criaturas de la tierra. No es de extrañar, porque todos los hombres estamos misteriosamente unidos para el bien y para el mal. Uno amasa y cuece el pan y los otros lo comemos. Explota una bomba de varios megatones y la radiactividad amenaza a todos los mortales.

Lápiz rojo

En tu vida, hoy ha ocurrido una peripecia dolorosa. Dentro de cuatro días, una semana o un mes, regresarás a casa con la hoja de curado en el bolsillo. Desde este momento te doy la enhorabuena. Sin embargo, tienes que pensar que cualquier dolor es un tesoro y el tuyo no se debe despilfarrar. Con unos cuantos días de hospital se puede ayudar a muchos que no te conocen. Soportando una fiebre, reteniendo una queja, sorbiendo medicinas y aceptando pacientemente todas las contrariedades, se puede lograr que alguien alcance la fe, dar nuevas energías a un misionero, consolar a un triste, transformar este mundo... Aunque no veas esto, no por eso deja de ser real, como la existencia de París o de Estocolmo.

Esto es lo que vengo a recordarte como Cama Misionera. Muchos sufrieron en mí, con amor y esperanza. Hoy el relevo está en tus manos.

Aúpa

En realidad no es nada de extraordinario lo que tienes que hacer. Cuando te despiertes, procura dar sentido a tu vida de enfermo, aceptando el cupo de sufrimiento que la bondad y sabiduría de Dios ha destinado para ti. Notarás una inmensa alegría. Luego, cuando te lleguen los momentos difíciles, te cerque el pesimismo o te oprima el dolor, levanta tus ojos al cielo y haz de ti mismo ofrenda generosa. Ahora y entonces puedes estar seguro de que todas las criaturas que te antecedieron y las que te sucederán están presentes en tu oración y que toda esa entrañable familia se arrodilla contigo a los pies de Dios, pidiéndole la salvación de todo el mundo. Nadie vive para sí sólo y nadie muere sólo para sí. La soledad nada tiene que ver con una Cama Misionera.

¿Me conoces ya? ¿Te negarás a esta maravillosa aventura de ser misionero por unos días? De una Cama Misionera puedes desentenderte fácilmente; bastaría con que no aceptaras el encargo, pero ¿serás tan duro como para negarte a la compasión cuando tú mismo estás viviendo unos días de enfermedad? ¡Adelante, amigo!

(Enfermos misioneros, mayo 1962)

Cristo está  en todo el que sufre. Sépalo este o no, Cristo ciertamente está. Y está no solo para compartir, elevar y suavizar los sufrimientos, sino para asociarlos a los suyos, para  atribuirles la misma virtud de redención que la Cruz, su Cruz, tuvo para el mundo. San Pablo nos dice también: “Yo realizo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo”, que quiere decir, que a nosotros se nos comunica la virtud redentora de la Pasión de Cristo. Para esto será preciso un contacto espontáneo, Será preciso querer, amar; es una realidad que la virtud redentora de la Pasión de Cristo puede transfundirle a todos los tormentos del hombre.

(Prensa Asociada 4-IV.1966)

CREO EN LA VIDA ETERNA…

Y, sin embargo, felicidad es el concepto más íntimo y vital, la idea-eje de la existencia, tan trascendente como la misma de Dios, puesto que él incorpora su realización absoluta. Ser o no ser feliz es una posibilidad que debía escalofriarnos aún más que la inminencia de una angina de pecho. No obstante, un miedo cerval a nosotros mismos, ese pánico que lleva a posiciones disparatadas, ha creado cierta inversión confusa de medios y fin, como esas situaciones de moneda provisional que acaban por olvidar el valor de la divisa.

La felicidad es, ante todo, un destino espiritual, o mejor, un estado de perfección del alma, que se ultima sobre ese hecho que es nuestra dependencia corporal. Pero en la conjunción humana, la materia es siempre una ordenación que se subordina al  valor absoluto de alma. La felicidad tangible no es recusable en tanto sirva, y no lastra la más alta gracia de las potencias. Lo que contabiliza al fin es la liquidación favorable del espíritu, pues aún a la adversidad sensible, lo que llamamos desgracia, cabe enrolarla con la simple aceptación, como esas operaciones negativas de álgebra que al fin quedan resueltas bajo el signo de la suma. Gide decía que “la felicidad está en la aceptación”, y Salvaneschi lo justifica en que “todo lo que acepta cambia de sentido”.

Pero, como decía, hemos aprendido a caminar con truco por el camino de la felicidad. Un buen día viene alguien con nuestro cartel de “fin de partida” descolgado, nos lo clava a la sombra  del cuerpo y, claro, economistas del esfuerzo, amigos del escape y de la componenda, nos sentimos halagados y nos entregamos al dormir placentero. Es así sólo como nuestra isla interior queda emparedada por la línea concreta de los cinco sentidos. Lo que importa es el goce ocasional, aunque ya en la misma posesión nos sintamos corroídos por las propias limitaciones del placer.

El deseo de los rasgos físicos, la noche de “Whishy” y el vértigo de la ruleta están minados por la misma transitoriedad  que las pompitas de jabón de los niños. Así lo reconocemos, y, no obstante, se ha llegado a crear toda una “mística de la dicha sensible”. Voces conscientes se aterran ya del fin esquizofrénico de esas muchedumbres que, ahí en Norteamérica y ya en Europa, devoran en las farmacias un botín dicho de “píldoras de la felicidad”.

A la Sagan se la sigue, aún con el empacho, el casco y la dentera de la carne, porque la vorágine de los cuerpos desnudos bajo el sol asordinan lo trágico de la  desolación interior. Margaret y Townsend, Robín, Soraya y lo que usted significa, están hoy en olor de juventudes en fuga, glorificados por esas muchedumbres con espíritu de andaderas que suspiran por la felicidad de saldo, la dicha transferida, aunque ésta desemboque en el lanzamiento desde el octavo piso o el escape de gas.

Lo que, en resumen, quiero decirle es que difícilmente se cumple una misión leal apoyándola sobre el egoísmo, la evasión interior y el deseo ilimitado. La felicidad es una activa, sencilla y esforzada germinación interior que hay que fructificar con luz y renuncia, sol, heridas y sobre todo, con la petición humilde del riego a quien vela por nosotros.

(Carta a Marlene Dietrich. ‘Linares’, nº 90-1958)

Asociación Amigos de Lolo, 15/04/2013