Sitio Oficial del Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo

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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
El primer periodista seglar elevado a los altares
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- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Semilla de eternidad

Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Lolo, verdadero hombre de Dios: joven de Acción Católica, eucarístico y mariano, escritor y periodista, ciego y paralítico, Pero siempre apóstol incansable y testigo de la alegría de la fe. Por segunda vez, la Iglesia celebra su fiesta, tras haber sido proclamado Beato el 12 de junio de 2010, en Linares, la ciudad que le vio nacer, crecer y morir. Pero este año será la primera vez que un texto periodístico forme parte de la Liturgia de las Horas de la Iglesia: el del Oficio de Lecturas de su fiesta. Se trata de su artículo Oración ante una mano agujereada.

Publicado en Alfa y Omega. Jueves, 3 de noviembre de 2011

Escrito por D. Rafael Higueras, Postulador de la Causa de canonización

En el 40º aniversario de la  muerte del Beato Manuel Lozano Garrido, “LOLO”

Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos
¿Cómo dicen algunos que no hay resurrección de muertos?
(I Cor. 15, 12)

El día 3 de noviembre de 1971, día en que LOLO murió, de alguna manera se cumplía lo que él había escrito alguna vez: Nunca muere el lucero de la madrugada ni el sol lo ahoga. Sólo ocurre que cambia de cielo, así escribió Lolo en su diario el 5 septiembre 19651. Y doce años antes de su muerte, el mismo día 3 de noviembre, entonces de 1959, decía: Hoy el día sabe a andén de ferrocarril, cuando llega el tren y se baja el amigo a quien hace mucho tiempo no veíamos. Ya Tú estás aquí, sentado junto a mi sillón, y yo te echo el brazo efusivamente por los hombros, mientras, en la hondura, siento tus manos que me palmean anchamente el corazón como a unas espaldas2.

*         *          *

Al escribir estos renglones quiero recodar aquel día, 3 de noviembre de 1971, y aquella hora del mediodía, en que unos poco privilegiados de Dios tuvimos el regalo de la Providencia de estar junto a este hombre, santo y bueno, en el momento de su PASO al Padre.

Lolo había escrito muchas veces sobre el misterio del dolor y su valor redentor. En estos días me ocupo de finalizar los índices, la base de datos, de los 307  artículos recopilados que él publicó en más de una docena de revistas y periódicos. Uno de ellos, Oración ante una mano agujereada, es el texto que en este día (el 3 de noviembre de cada año) se leerá como texto litúrgico del Oficio de lecturas. Sin duda es la primera vez que un trozo de periódico se convierte  en lectura oficial y litúrgica del Breviario de la Iglesia.

El valor redentor del dolor

Son alrededor de 30 los artículos que dedica al tema del valor redentor del dolor; además de los 118 números de la revista “Sinaí” que él publicaba cada mes dirigida a los enfermos que oraban y ofrecían su dolor por la prensa y los que trabajan en ella.

No es cuestión de reproducir ni una síntesis de la riqueza tan abundante de esos escritos, llenos de un ‘magisterio’ -misionero y evangelizador- que ejerce desde la prensa, hablando de cualquier tema religioso o profano. Baste sólo en cuanto a este tema del valor redentor del dolor este precioso texto suyo: Tres actitudes ante la presencia del dolor: La de aquél que aún no ha ido más allá del escozor de su herida: “Dios me ha quitado…”.-  La del que acepta, sin entrar en su espíritu de actividad santificante: “Dios me ha pedido…”.- Y la de aquél que, comprendiendo el valor comunitario del sufrimiento, se da de lleno al ideal de redención: “Señor, te ofrezco…”3.

La muerte también era tema de sus reflexiones: ¡Oh, Señor…! Ponme Tú la imagen luminosa de la muerte entre las sienes como un tizón ardiendo. Que yo vea a los médicos delante, dejando ya de recetar, y todo mi interior suene, en cambio, a bronce de campanas. Dame la fuerza y el valor para mirar cara a cara a la muerte y no tenga que cerrar, temblorosamente, mis ojos; que la mire y huela a rosas, note luces, palpe, en fin, las alegrías. Allí, Tú, adelantándote ya en el camino en dulce impaciencia, como el enviado más maravilloso4.

La noche última de su vida la cuenta con inmenso cariño su hermana Lucy: Aquella última noche fue muy dura. Lolo mezclaba sus dolores con las jaculatorias: ‘Dios mío, ayúdame’. Me decía: ‘No te canses de dar; aunque tú no recibas; ¡es tan bonito dar…!’. Sin duda tuvo horas de profundo Getsemaní. En esa noche hubo de sufrir muchos dolores, pero se sobreponía y en los ratos en que me acercaba a él me dijo: ‘¡Qué mala sombra, quiere el demonio meter la pata!’; y le escuché, a raíz de ese momento, muchas jaculatorias5.

Sus momentos finales, el mediodía del 3 de noviembre de 1971, cuando  -¡¡Dios sea bendito!!- yo mismo le acercaba a los labios el crucifijo para besarlo, a su oído íbamos rezándole el ‘Padre nuestro’. Él había escrito: ¿Cómo es Dios? –Dime primero que ‘PADRE’, y después me dices lo que quieras6.

La agonía aceptada

La agonía como un momento ‘cierto y aceptado’ había estado presente en sus escritos. ¡Fueron tantas veces de peligro de muerte…!: ¡Que angustia, Señor, la muerte así, sin dosis o cohetes de traca, sino como un trueno gordo! ¿Tú te acuerdas los temblores que nos daba siendo niños el tener que entrar en un cuarto oscuro? Pues así estoy yo, suda que te suda… Qué dura es la angustia, aunque, ¡si sabrás Tú de agonías para que yo te lo diga, escribe7. Pero, aquella su última agonía de este hombre de Dios, fue de pocos momentos: pudo rezar, pudo ‘abrir’ sus ojos ciegos para encontrarse con Dios. Lucy y Expecta, sus hermanas, y el “Gorrión”8, estaban allí. Lucy rezaba: ¡Dios mío, déjamelo otro poquito más!. Yo mismo le ponía mi brazo bajo su espalda para que Juan Pérez, su médico y amigo, le diera masajes en el pecho… Empezamos el ‘Ave María’. Y Lolo se durmió en el Señor.

Porque vienes, Señor,
a mis horas en cruz con la frente sangrante…
Rabbí, que en el minuto de eterno natalicio
no me falten tus manos
no me niegues tus pies,
dame un beso en la frente
9.

¡El eterno natalicio! ¡El dies natalis! El día en que él nace para el cielo. En ese momento, a los pies de su cuerpo todavía caliente, -porque él así lo había pedido- comencé la celebración de la Santa Misa. En sus manos estaba el crucifijo, que un día le había regalado un “misionero”. Su vida, de apóstol que sentía la comezón honda de la misión, de las misiones, de los misioneros…, viviendo  en su corazón una Iglesia sin fronteras; su vida, de altavoz y pregonero del Evangelio, había sido vivir crucificado. Última voluntad: morir con las manos abiertas. Si la tentación me cerca y el egoísmo quiere cerrar mis puños, tú, Señor, me clavas las manos y, ya, que se queden así para siempre10.

Al día siguiente, 4 de noviembre de 1971, el Obispo D. Miguel Peinado presidía su funeral; resonaba en el templo: Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza (I Cor. 15, 42-43). Leía ese  texto su amigo entrañable José María Pérez Lozano, miembro de PPC y redactor de Vida nueva.

En la piedra que cubríría su sepulcro una leyenda “Aquí se ha sembrado una semilla de eternidad”, porque él había escrito: Ahora, de pronto, al fin caigo y digo a prisa la razón de este impulso que cada mañana me lleva a escribir y que no es más que la necesidad de ir ensanchando la semilla de eternidad que Dios puso en mi secreto de hombre. Doy lo que me ha hecho existir y lo que siento, para vivirlo después con los demás11.

*         *          *

A los casi 39 años de su muerte, el 12 de junio de 2010, en Linares, la Iglesia por decisión del Papa Benedicto XVI, reconoce la gloria de este crucificado dolorido en una  silla de ruedas, durante 28 años.

Mes de junio del verano andaluz. Pero aquel día fue de nubes y aguacero torrencial. Sin embargo hubo un momento en esa tarde en que lució un rayo muy claro  de sol: resplandeció, con esa luz, la Cruz, severa y majestuosa, que presidía el altar, y también la arqueta de las reliquias del nuevo BEATO, glorificadas  en ese momento. La misma luz envolvió la cara de Sta. María de Linarejos, allí colocada, y el rostro de un Lolo joven alegre. El perfil de este hombre crucificado -en su sillón de ruedas con sus papeles escritos, revueltos con espigas de Eucaristía y entre las cuentas del rosario-  se volvía luminoso. Se cumplía en ese momento con alegría gozosa aquella palabra de S. Ambrosio: Vengan luego las víctimas triunfales al lugar en que la víctima que se ofrece  es Cristo; pero Él sobre el altar, ya que padeció por todos, ellos (él: Lolo) bajo el altar, ya que han sido redimidos por su Pasión12. O estas otras: Vi, junto al altar, las almas de los que murieron proclamando la palabra de Dios y por el testimonio que mantenían13.

Aquel hombre, santo y bueno, Manuel Lozano Garrido, “LOLO”, que fue en vida un amasijo de huesos doloridos, había sido honrado y ensalzado, para  gloria de Dios, como una joya más en la vida de la Iglesia, esposa de Cristo.

1 M. Lozano Garrido, Las estrellas se ven de noche, obra póstuma, Bilbao 1973, p. 25.

2 M. Lozano Garrido, Dios habla todos los días, Bilbao 1967, p. 167.

3 M. Lozano Garrido, Las estrellas… p. 150.

4 M. Lozano Garrido, Las golondrinas nunca saben la hora,  Bilbao 1967, p. 211.

5 Congregación para las Causas de los Santos: Positio para la declaración super vita et virtutibus heroicis, Summ. P. 115, 359.

6 M. Lozano Garrido, Bienvenido, amor, Bilbao 1969, p.26

7 M. Lozano Garrido, Las golondrinas…, p. 152.

8 Apelativo cariñoso que Lolo daba a Paqui, la chica que le cuidaba junto a Lucy.

9 M. Lozano Garrido, Has venido hasta mí, en Advinge, (24-IV-1955).

10 M. Lozano Garrido, Bien venido, amor,…  p. 75.

11 M. Lozano Garrido, Las estrellas…, p 14.

12 S. Ambrosio, Epistola 22, 13; PL 16, 1023.

13 Pseudo Máximo de Turín, Sermo 78; PL 57,689.

Rafael Higueras Álamo, 03/11/2011