El día 3 de noviembre de 1971

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Tumba de Lolo Su vida se apagó el día 3 de noviembre de 1971. Era el día de San Martín de Porres, “Fray Escoba”, el santo que había crecido en la santidad en un rinconcito del convento, como Lolo que había vivido toda su vida en el metro cuadrado que ocupaba su sillón de inválido. Mientras, a su lado, yo, Rafael Higueras Álamo, sacerdote y  Consiliario de la Asociación de amigos de LOLO, que  tuve el gozo de estar 9 años cerca de él, rezaba con él el Padre Nuestro y decía con él a María Santísima: “Ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. Y en esos momentos se paró su corazón “que no le cabía en el pecho” como le decía el médico siempre  que lo auscultaba.

   Doce años antes, el mismo día 3 de noviembre, Lolo había escrito: “Hoy el día sabe a andén de ferrocarril, cuando llega el tren y se baja el amigo a quien hace mucho tiempo no veíamos. Ya tú estás aquí, sentado junto a mi sillón, y yo te echo el brazo efusivamente por los hombros...” (Así escribió en su libro “Dios habla todos los días”). Había llegado el momento del abrazo efusivo con Dios a quien había amado y a quien, crucificado con su cruz de prolongada y dura enfermedad,  él se había ofrecido como amigo.

   Quienes le conocieron en vida recogieron su herencia. Han reeditado todas sus obras escritas; han constituido una asociación canónica que promueve su canonización. Habiendo conocido su sencillez franciscana, quizá él ahora desde el cielo mire y se sonría con humor.