Joven: esta es tu hora.Voy a hablar de un hombre. No conozco su fisonomía, ni sus apellidos, ni si es de pueblo o de Capital. He sabido de él por una noticia y ya conocéis que el periodismo es como en el cuadro de Sorolla, que busca sólo el pescado -la noticia- sin importarle las criaturas que quedan en la cuneta.
Los cristianos debíamos sentir de continuo el escalofrío. No hay minuto del día en que unas manos consagradas no toquen realmente a la misma persona divina a quien debemos la Redención.
Tú, mi Cristo crucificado, ¿qué prefieres: que digan que vales centenares de miles de pesetas o que te pongan un precio de treinta monedas? Dirás que tan malo es lo uno como lo otro y que Tú nada tienes que ver con lo amarillo.
Señor:
Pon en la frente de todos los que escriben, una proa que enfile el buen puerto que eres, y asegura a su nave un paisaje completo de obreros y operarios, estudiantes y madres, profesores y chicas.
El paso procesional y solemne del Sagrado Viático, feliz retorno de una tradición, no puede escapar sin un comentario, a todas luces preciso.
El pan es vitalmente humano, Ulises aconsejaba dar a los soldados pan y vino, porque aquí están la fuerza y el valor. El milagro de la criatura, esa armonía del latido y la voz, la caricia y el ritmo, tienen en el trozo fermentado su frente representativa de energía.
Escribo bajo la pesadumbre de una impresión apocalíptica. Aún me tiembla en los oídos una relación de catástrofes mientras en la imaginación baila la fatídica zarabanda de la muerte.