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Beato Manuel Lozano Garrido, Lolo:
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La fe, la caridad y la esperanza tienen su capital: LOURDES

Reportaje escrito por Manuel Lozano Garrido, Lolo, redactor enviado especial a Lourdes para Cruzada. Tres días viviendo el milagro.

Creo que un periodista sólo puede salir airoso de Lourdes con el bagaje de un amplio testimonio. Por las avenidas, el calvario, las basílicas y la casa de Bernardette están diluidos muchos matices que es forzado captar para la misión justa de aquella evidencia milagrosa. Yo estuve allí y, plenamente, sólo viví lo esencial. Este preámbulo es, pues, la confesión de un fracaso profesional. Fui a Lourdes, pero apenas tengo la impresión de mi órbita estrecha, de mi humanidad inmovilizada. Fuera de mi arco radial queda la mayor parte de esos hechos que apenas conocí por su efecto en las caras de los demás, por aquella transformación asombrosa en la que se palpaba la gracia de Dios operando. Si ahora escribo es porque también de Lourdes hay que hacerlo con lágrimas y creo que allí, en la explanada del Rosario y bajo el rosal de la Gruta, quedaron las mías en abundancia.

Tras la barrera del Rall

El coche se hab√≠a detenido en la Gran V√≠a y esper√°bamos la se√Īal del sem√°foro. En la acera, un hombre hablaba del gol de Schia√≠fino y, m√°s a la derecha, dos viejos celebraban el triunfo de la democracia italiana y la inminencia de la instauraci√≥n De Gaulle. Al fondo, el ne√≥n parpadeaba con un cromatismo de farolillos de verbena. La vida segu√≠a su curso triunfal. Atocha ten√≠a aquella noche un aire de ciudad sanitaria en rosa. Banderas y "flash" posaban su caricia sobre las sienes con fiebre. Soldados de la Cruz Roja anticipaban los brazos musculosos y una sonrisa florec√≠a sobre la blancura perfecta de las chicas de "Salus Infirmorum".

En realidad, aquella era una alegría caritativa. La verdad se alzó pronto, tajante y cruda, tras la barrera del raíl. Pendiente de la subida, apenas había podido captar otras incidencias que las de mi humanidad amenazada. De repente, ya colocado, levanté los ojos y vino el impacto.

All√≠ -cara afilada y ojos hundidos-estaba Antonio con sus dieciocho a√Īos y dos de poliomielitis, salido apenas de su pulm√≥n de acero en el Hospital del Ni√Īo Jes√ļs. Tambi√©n Sebasti√°n, el retrasado mental que ped√≠a con insistencia la llegada al Pilar; el artr√≠tico, que coronaba ahora mis primeros siete a√Īos; Jes√ļs, el atacado pulmonar y sus cuarenta y tantos compa√Īeros de Valdelatas; el otro muchacho de la afecci√≥n √≥sea, los card√≠acos, cancerosos y esa n√≥mina imprevista de doscientos noventa nombres.

Yo iba a Lourdes con la clave, al fin, de mi vida atormentada; pero, de pronto, el problema volvía a replantearse en aquella colectividad torturada, deformada hasta límites inverosímiles. Confieso que fue aquel el ataque más crudo, diría que más brutal, de todo el viaje, como un disparo directo en el alma que me horadó hasta pasado el amanecer. Si no fuera muy ostentoso, pensaría que aquella bien pudo ser una noche oscura.

"Vinimos -dec√≠an mis hermanos al despedirme- a pedir a Dios por tu viaje, pero viendo estos hombres y mujeres ser√≠a ego√≠sta la oraci√≥n por uno solo. No se nos olvida la mujer que hemos visto y la despedida de su marido, un obrero. Va en estado preag√≥nico, con un c√°ncer de est√≥mago y apenas alimentada con suero. ¬°Qu√© fe, Dios m√≠o!‚ÄĚ

 

¬†Un reportaje escrito para ‚ÄúCRUZADA‚ÄĚ
 por nuestro redactor enviado especial,
 Manuel Lozano Garrido, paralítico

Canta un retrasado

En el andén, sonó un silbido largo y la locomotora le hizo eco con su expansión bronca. Después, vino un estremecimiento, caminábamos. Una voz inició el Avemaría y todos le secundamos. El coro armonizaba con la fuerza de la esperanza. Sólo una voz desentonaba: Sebastián, el retrasado que balbucía torpemente su plegaria. Era un recitar monocorde, babeante, que debía conducir a la risa y que, en cambio, acongojaba sin regateos. Entre tanto, el Obispo pasaba trazando una cruz sobre la cabeza de cada uno.

Volvió el silencio y las luces, una a una, empezaron a recogerse. Sólo brillaba el parpadeo de los pueblos en ruta. Era la hora callada de los ángeles de dolor. Alguna enfermera acomodaba un almohadón y los Hermanos de San Juan de Dios montaban vela junto a las camillas.

Cristo, blanco y negro   

La madrugada se anunci√≥ con el estallido de toses y un c√≠rculo naranja en los cristales esmerilados. Al fin, la ventanilla cuadricul√≥ las altas torres del Pilar. Zaragozatra√≠a el gozo de la primera Misa en marcha. Y de pronto, pas√≥ el Maestro entre deformidades y camillas febriles. Hasta todos iba con su sencillo absceso humillante. La bajeza de la cruz se reiteraba entre carbonillas y sudores, pero nos gust√≥ verle llegar sobre el fondo de una locomotora que dec√≠a del poder y de la fortaleza que √Čl aportaba ya a nuestras vidas. Palp√°ndole as√≠, trasvasado a aquellas arterias vacilantes, apropi√°ndose con delectaci√≥n de nuestra afrenta humana, todas las dudas se hac√≠an claras como aquel sol que reverberaba sobre el Ebro. Dios pasaba de autor a objeto de aquella crucifixi√≥n, y las gentes del dolor estaban horrorosamente deformes como resultado de un fratricidio. El mundo volv√≠a a salvarse por la compensaci√≥n de la comunidad creyente. El reum√°tico, por ejemplo, doblegaba sus espaldas al peso de un hombre que se hab√≠a alzado en rebeld√≠a contra Dios: a Sebasti√°n, bien pod√≠an tenerle as√≠ las eminencias grises que en cualquier Ateneo del mundo negaban la realidad del Creador; al beb√© del otro vag√≥n le clavaba en el mois√©s el anticonceptivo de quien sabe qu√© matrimonio ego√≠sta, y Pili tos√≠a en la madrugada por la maledicencia de una vecina o por el cotilleo de un grupo de chicas bien. El equilibrio estaba all√≠. Cristo contrabalance√°ndolo con dolor en aquellas trescientas criaturas designadas.

Una luz junto al Gave

Tal vez hasta ahora haya insistido demasiado en la línea de lo abrumador de Lourdes. Lo hago por lo que para mí supone el experimento, de lección más o menos pronto asimilable; pero si a aquellas horas hubiera que dar una palabra tónica sería la de la Esperanza en los "pasivos" y la de la Caridad, una caridad verdaderamente carismática, en los que velaban junto a los que padecíamos: las chicas de "Salus" y las monjas, los Hermanos y los Páter, los muchachos de la Cruz Roja y las Hermandades del Trabajo. Antes de entrar en Francia, el tren era ya un hecho pentecostal.

También hubo allí la satisfacción de una amistad trabada y la delicia del paisaje francés, con sus prados verdeantes y los ríos con penachos de espuma. El Gave, vino, manso y premioso, a bordear para siempre la caravana de hierro.    Atardecía ya y Lucía una vez más mi enfermera, nos anunció la meta de nuestro peregrinar:

     -La Gruta. ¡Allí junto a la luz amarilla! ¡Y la Virgen! ¡Aquella figura blanca!

Sobre la línea verdiblanca del río, una luz de oro nos perfilaba a María de Lourdes, el Lirio florecido sobre la roca. Los bronquios perforados de las chicas de Valdelatas redondearon el Ave.

Luego vino la sorpresa del "brancadiers", el camillero lourdano que, en el autob√ļs nos situaba entre rezos de Ave Mar√≠a. Junto a √©l, la primera lecci√≥n de universidad: su salutaci√≥n en lat√≠n y la respuesta en franc√©s, alem√°n, castellano, irland√©s...

 

Luz y canción

Junto al Hospital se nos antepuso una l√≠nea dilatada que brillaba en la noche; la procesi√≥n de las antorchas. Recogida del velario de la Gruta, la llama se hab√≠a ido ensanchando hasta hacer de Lourdes una inmensa oblaci√≥n ardiente. Las luminarias y el Ave son como los s√≠mbolos sensibles de la sobrenaturalidad de Lourdes. Desde el ascua menuda hasta la candela gigante que cuadruplica al cirio pascual, minuto a minuto ah√ļman la Gruta las infinitas hogueras en las que se personaliza una fe. Yo no he podido resistirme a este consuelo de una presencia prolongada junto a la roca que rezuma.

Creo que no hay un segundo de Lourdes que no tenga su vibrante eco mariano. El "brancadiers" le reza en el autob√ļs, en las piscinas y en los par√©ntesis que impone la espera. El carill√≥n le canta cada quince minutos. En el amanecer, los carritos van a la Gruta sobre un di√°logo suplicante de enfermo y asistente. Y ya en la noche, cuando los p√°rpados caen para el sue√Īo, por las avenidas estalla un grito colectivo de piropos virginales.

 

Oración bajo el rosal

La noche, entre el cansancio y la ansiedad del encuentro, se prolonga interminable. En el extremo de la sala un hombre, con √ļlcera: -"Se√Īor: yo te ofrezco estas angustias por las ofensas que te hacen en la Eucarist√≠a". Una enfermera pasa un algod√≥n mojado sobre sus labios resecos.- "¬°Qu√© bueno eres! ¬°Te dieron hiel y a m√≠ me das agua!

Estalla el d√≠a por entre las frondas de la avenida. El camino de la Gruta es una hilera sin t√©rmino de dolientes sobre ruedas. De vez en cuando, maternalmente, una enfermera cruza con un ni√Īo inv√°lido entre sus brazos. Su llanto pone una intensidad pat√©tica en la procesi√≥n del sufrimiento. Y al fin, la Gruta y la eclosi√≥n de los sentimientos remansados. Cristo-Pan viene despu√©s a cada enfermo. Los ojos se cierran entre una blandura l√≠quida. Al abrirlos, hay sobre el espejo retrovisor unas l√≠neas h√ļmedas paralelas. ¬ŅLlueve? No; en lo alto, el cielo azul clarea. Los labios prominentes de un obispo negro besan el ara. De rodillas, una mujer de ojos oblicuos abre sus brazos expiatorios. La Misa ha concluido y empieza la evacuaci√≥n de impedidos. Para nosotros es la hora a√Īorada de la aproximaci√≥n. Avanzamos y al fin podemos situarnos sobre una l√°pida que testifica el sitio de Bernardette en la √ļltima aparici√≥n. Siguen dos horas de una emocionante intimidad. Cuando mi pobre oraci√≥n deletrea el nombre de los que quiero, tengo en las manos un rosario empapado en el agua que rezuma de la roca.

 

Infanta y primera comunión

¬†¬†¬† Al regreso, caminamos al lado de una ni√Īa impedida que acaba de hacer su primera comuni√≥n. Viste de blanco y la cubierta que la protege le da un aire anticipado de santa hornacina. M√°s abajo, con el intacto uniforme de "Salus Infirmorum", una muchacha joven, que tiene un no s√© qu√© indeterminado en la mirada, conduce el carrito de un chaval√≠n. Lo empuja con tenacidad, mientras una mano tantea el respaldo precedente. Mercedes, su compa√Īera y nuestra amiga aclara:

¬†¬†¬†¬†¬† -"Es la Infanta Margarita, ciega de nacimiento. Viene al cuidado de los ni√Īos".

  

Agua, agua y m√°s agua

La tarde tiene un sello de confrontaci√≥n milagrosa. Para el justo deseo de la curaci√≥n f√≠sica. Lourdes ofrece ahora dos oportunidades: el ba√Īo en las piscinas y la procesi√≥n del Sant√≠simo.

La Fuente est√° ya envuelta como por un aire de evidencias evang√©licas. En lo alto, campea la frase lapidaria de las apariciones: "Ve a la fuente y l√°vate". Los labios no se cansan de esta transparencia insaciable. Los dedos de mi enfermera van pasando, dulcemente, sobre cada uno atrofiado. Al llegar a los p√°rpados los roza con el tacto seguro de un "Ephetta" antiguo. Ya estamos de lleno bajo el imperio taumat√ļrgico de las aguas. D√≠a y noche, el l√≠quido opera su milagro incesante. Sin detenerse en la resurrecci√≥n espectacular -la agonizante de Atocha volver√° comiendo bocadillos- abruman los prodigios incesantes del agua. Las enfermedades tienen ante ella una impresionante suspensi√≥n contagiosa. Seiscientos enfermos -tuberculosos, poliomiel√≠ticos, cancerosos...- han bebido una ma√Īana del mismo vaso. El an√°lisis no ha dado una naturaleza antibi√≥tica ni as√©ptica, pero todas la operaciones acusan la presencia de infinitos microbios exterminados. En realidad se insiste poco sobre este milagro que forma parte de otro, para m√≠ el m√°s escalofriante, el de la suspensi√≥n de las prevenciones sanitarias. Al ba√Īo hemos ido en hora digestiva y la zambullida ha sido con temperatura de deshielos. Yo he estado cuarenta y ocho horas sin acostarme, cuando normalmente apenas soportar√≠a unas doce.

UNA BENDICI√ďN EN EXCLUSIVA

La explanada del Rosario, amplia, nos acoge generosamente para la bendición del Santísimo. La larga espera se hace apacible bajo los árboles. La plaza está limpia, sin mancilla, ribeteada por seiscientas criaturas que delinean una Hostia oferente.

Tras de la bas√≠lica, el cielo se hace redondo, con un subido color naranja, cuando Cristo llega a la diagonal. Cada cuatro dolientes √Čl descansa y traza una Cruz de Carne y Sangre. Yo, por corazonada, vivo el momento estelar de mi caminata. La petici√≥n est√° preparada como una lecci√≥n infantil. El resultado apenas importa, pero, como en una chiquillada, el coraz√≥n se resiste a lo que no sea el regalo de una bendici√≥n personal. Traigo a Lourdes s√≥lo este capricho de una cruz Eucar√≠stica sobre la frente. Y el Dios-Ni√Īo, el de las predilecciones infantiles, se planta ante m√≠ y deja al Obispo que le lleve en el aire por todo el signo santificado de la ignominia. En ese momento s√© que est√° all√≠, apenas le veo porque mis ojos -nuestros ojos- manan ahora con el mismo √≠mpetu bravio del Gave. Los abro y mi vecino, el alem√°n, sigue con su silencio tajante y su fervor. A la izquierda, la anciana cordobesa calla tambi√©n y apenas recuerda la charla incesante de hace un rato. Alguien me ha preguntado que si ped√≠ en Lourdes mi curaci√≥n. Lo hice entonces, porque hubiera sido ego√≠sta sustraerse a tanto dolor en los que me rodean. De todas formas, lo esencial se oper√≥ all√≠, en aquella explanada del Rosario.

 

El regalo de la ternura

La madrugada √ļltima llov√≠a sobre la planicie que hay bajo el rosal de la Virgen, pero est√°bamos all√≠. Tras el minuto de la conformidad, llegaba la ma√Īana de la ternura. El cielo era un llanto de Ella anticipado. Bajo la dulzura fluyente de los ojos benditos s√≥lo cab√≠a un gesto de correspondencia. Ahora puedo asegurar que aquella ma√Īana la Virgen se enriqueci√≥ con los trescientos cheques en blanco del tren de la Esperanza.

A la vuelta ya sobre ruedas, nos regal√≥ una nueva delicadeza: su silueta, que sonr√≠e ampliamente, escandalosamente, desde la otra orilla del Gave. ¬ŅPuede extra√Īar as√≠ el gozo del regreso y aquel corear la hermosa polifon√≠a de los Hermanos de San Juan de Dios? Lourdes, capital del milagro.

Mayo, 1958. Cruzada,
órgano de los Jóvenes de Acción Católica de Linares

Beato Manuel Lozano Garrido, 10/02/2012