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«¡Oh, Señor!, te pido la humildad, tan sinceramente que casi lo estoy gritando»
- Beato Manuel Lozano Garrido -
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Veinte días junto a Dios en la sierra

Veinte días junto a Dios en la sierra

Diario de un acampado

Manuel Lozano Garrido
Cruzada nº 34-35, julio-agosto 1955

Día por día, durante veinte, alguien ha tenido la curiosidad de confiar sus impresiones a un cuaderno. De él creemos oportuno entresacar estas líneas.

LA MARCHA

Día 11.

Tenía ganas de alcanzar esta hora libre, la primera desde ayer que llegamos. El día tuvo tal ajetreo que se hace difícil la recapitulación.

Era aún bien noche cuando Luís me llama para la marcha. Hacía frío, un frío excepcional en este Linares de bochorno que me subía por las piernas desnudas, haciéndome extrañar el corto del uniforme. Iba ya por la calle cuando me salió al balcón la voz sigilosa de mamá:

- Hijo ¿llevas la manta? Que comas. Que te hagas la cama.

¡Qué desvelo el de su amor maternal! Y, sin embargo, ¡qué necesaria también esta separación para mi exacta hombría! Si me hubiera visto en el campo, llenando y cosiendo la colchoneta, durmiendo, incluso, sobre la dura paja y el suelo, con aquel hormigueo de mis músculos cansados… Sólo dos cosas la hubieran consolado; mi hondo, mi reparador sueño como no lo hubiera tenido en una cama de plumas y aquellas ansias con que yo, tan melindroso, devoré los fiambres.

Ni por asomar amanecía cuando el motor se puso en marcha. Una brisa helada nos unía más y más en el camión. Había rostros que yo no conocía, pero alguien izó las velas de una canción. Entonándola sentí un estremecimiento que no era de frío y, al concluirla, la distancia se había roto, nuestra amistad quedaba consolidada.

El alba se nos dio en ruta y hoy tengo que agradecer aquella pirotecnia de Dios sólo para mí… No, no quiero desechar una idea de derroche. Y sí, en efecto, Dios se vuelve como un loquito que dilapida sus gracias por nuestro amor. En la misa, en Tíscar, le he pedido que me haga avaro de su bondad que vuelva mi corazón un cofre en donde yo pueda retener el chorreón de bienes que me reservó para este campamento.

ESTALACTITAS Y FÚTBOL

Día 15.

No conocía la “Cueva del agua” y me he impresionado allí con sus maravillas. La recorrimos toda y después hemos cogido estalactitas que todos guardamos para casa. Al regreso, he ido pensando en ellas. Siglos y siglos ha ido el agua pasando y repasando hasta cristalizar el milagro de esta piedra que yo quebré en un segundo de capricho. Naturalmente –me dije a la noche- el río debe de andar enfadado. Y, sobre la colchoneta, me puse a escucharle. Pero no, como siempre, me llegaba su canción de paz, su oración de mansedumbre. El agua, criatura de Dios es como el sándalo, que perfuma la mano que lo hiere.

Me ha gustado el proceder de Poyatos después de lesionar a Roge. Le vi llorar, más por su acción que por el daño. ¡Qué distinto sería el mundo si los hombres no olvidaran llorar cuando deben! Después, los dos se fundieron en un abrazo. Anoto: contricción, nobleza y generosidad.

CÍRCULO EN LOS PINARES

Día 19.

Allí en la dulce umbría, sentados sobre la hierba, las palabras de don Carlos, el capellán, nos llegan entre un cúmulo de aromas silvestres. Habla del apostolado, que pide sacrificios, que exige generosidad. Por otro lado –pienso yo- esta entrega es, en su correspondencia un estupendo negocio. Tiene gracia que yo, por el “mil rayas1 que me están haciendo, por las películas en perspectiva, estuve a punto de perderme la gloria de estos picachos, la camaradería del baño y la marcha, el susurro, en fin, de Dios, tan real y tan persuasivos en este campamento.

Como mis manos son difíciles de aquietar, he acabado por imitar a los chicos que tallan barquitos. Gusta de escuchar y modelar a la vez sobre el corcho. Dócil, blando, cede en seguida al hierro y pronto surge la figurilla. Aunque duela, dejaré hacer a la gubia de Dios para que se dé en mí su imagen.

SIN MERIENDA

Día 24.

El caso es que hoy me han dejado sin merienda. Me entretuve más de la cuenta y se impuso el castigo. La cosa no tenía importancia porque había tomado unas tapas y la cena estaba próxima. Sin embargo, reaccioné mal, me enfadé con Rascón y hasta dije algo así como que pagaba; una ofuscación que ahora me pesa porque de sobra sé los desvelos que cuesta organizar esto, incluso los gastos sin compensación que al centro origina. Pero hay una cosa en la que nunca hasta ahora he caído, algo que se nos da y a lo que jamás se podría poner precio; mejor dicho, que tiene un precio de renuncias, sudores, lágrimas y hasta sangre; la entrega de las creencias cristianas de un cuarto de siglo. Así ¿quién contabilizaría por ejemplo, lo que ha costado “hacer” el capellán –una vocación nuestra- empezando desde que se le ganó para la juventud, incluyendo sus horas de forja y entrega, el nacimiento de su dedicación religiosa, en la que tal vez influyese el ejemplo de algún mártir nuestro, etc, etc? Y quien dice, cabe extenderlo al jefe, a los circulistas, a los instructores que nos aconsejan.

Unas raciones menos de pan, chocolate y leche tienen también sus enseñanzas.

CRISTO EN EL CAMPO

Día 30.

Hasta tres veces hemos volteado el esquilón del Santuario. Como el campamento está en alto, el repique ha rodado por las cañadas y se ha perdido en la lejanía. Es casi imposible no oírle y menos aún en este mágico crepúsculo que agiganta los sonidos.

No es que no viniera gente, pero me duele, Jesús, que para la imagen de un santo –al fin y al cabo una imagen- madruguen y suban y que cuanto Tú, real con tu presencia, que se palpa, con tu carne y tu sangre, para comer y beber y sales al camino a sellar sus frentes sudorosas con un ósculo de paz, se quedan mirándole desde las atalayas con un gesto de curiosidad y sorpresa. ¿Es que aún no llegó tu palabra a ellos, que viven a la vera del Santuario? ¿Es que necesitan también de milagros los que tienen el prodigio diario del río y el cielo, de la tierra y el fruto que les das para su alimento? Cuando paseabas por el barandal del valle me dieron ganas de gritarles:

- ¡Doblad la rodilla, vosotros, en los que no cabe la desidia. Puede que no lo hagan los de la ciudad, los soberbios, a los que ciega el asfalto; pero vosotros, los humildes, los pobres de espíritu, evangélicos, que desde el alba oís el clamor de Dios y le encarnáis sobre el surco, no debéis. Inclinad la frente y ofrendarle el tomillo oloroso de vuestro corazón!

Para mí, Señor, en este día de clausura, la gracia de que sepa llevar a la vida las lecciones que me dictaste en estos días de campamento.

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[1] Tipo de tela así llamada por su dibujo “mil rayas”, que estaba muy en uso en la indumentaria veraniega (nota del editor)
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Lolo, periodista Santo
(Blog de ReligionEnLibertad.com)
Beato Manuel Lozano Garrido, 18/07/2014